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Gabriela Mistral

miércoles, 19 de marzo de 2008

PERFIL de Hillary Clinton - DECISIVO ROUND en EE.UU..


Las últimas semanas han sido demoledoras. Tras ocho elecciones perdidas, si en marzo no gana en Texas y Ohio, ya no habrá vuelta, según su asesor James Carville. Como sea, la candidata cree que aún tiene opción.

“Las mujeres que estamos en la política necesitamos una piel dura como la de un rinoceronte”, afirma la senadora demócrata Hillary Clinton (60) mirando fijo a sus interlocutores. Su pelo rubio está, como siempre ordenado, y sus ojos azules, exageradamente abiertos, dan la impresión de que para ella esta frase es más que mera retórica. En 40 años de vida pública, las pugnas partidarias y humillaciones por las infidelidades de su marido, el ex presidente Bill Clinton, forjaron la armadura política que la convirtió en una mujer fuerte y experimentada, características como para liderar el destino de la nación más poderosa del planeta.

Además, los 53 millones de dólares recolectados para su campaña la levantaron como la mejor preparada para enfrentar los cinco meses de elecciones primarias. A días de la primera votación, lideraba las encuestas nacionales por más de 20 puntos. Su aceitada maquinaria autodenominada Hillarylandia y compuesta por leales asesores reclutados en sus años de primera dama, presagiaban un triunfo inminente. Sin embargo, Iowa, pequeño estado agrícola del centro del país, le quebró la mano... Un número récord de ciudadanos ejerció su derecho cívico y sólo un 29,5 por ciento la apoyó y le dio un desilusionante tercer lugar. Ella intentó bajarle el perfil a la derrota, pero lo cierto es que el triunfo del demócrata afroamericano Barack Obama, con 37 por ciento de preferencias en un estado con un 91 por ciento de blancos, mostró que por primera vez alguien de la minoría negra tiene posibilidades de ser presidente.

EN 1969, UNA ESTUDIANTE DE PELO RECOGIDO Y GRUESOS ANTEOJOS subía al podio de la sala de ceremonias de la Universidad de Wellesley, para dar el discurso de graduación. “Por demasiado tiempo nuestros líderes han usado la política como el arte de lo posible. El desafío es practicar la política como el arte de hacer posible lo que parece imposible”, dijo y se convirtió en una celebridad con una fama de matea y combativa que la seguiría hasta la Facultad de Derecho en Yale, donde conoció a Bill Clinton, un carismático y mujeriego sureño que luego fue gobernador de Arkansas y en 1993 en presidente de la República.

En A Woman in Charge, el biógrafo Carl Bernstein cuenta que los problemas de faldas del incontenible Bill comenzaron temprano. Las infidelidades se harían conocidas mundialmente luego del escándalo con la joven becaria de la Casa Blanca, Monica Lewinsky, en 1998. “Fue la experiencia más devastadora, choqueante y dolorosa de mi vida”, recuerda Hillary en su libro memorias Living Life. Pero lo perdonó: “La Biblia dice que cuando a Jesús le preguntan cuántas veces se debe perdonar, contestó que 70 veces. Bueno, les quiero decir a todos que yo llevo la cuenta”, explicaría en tono de broma.

La reacción tuvo lecturas encontradas. Sus seguidores vieron un acto de fidelidad orientado a estabilizar el difícil momento por el que atravesaba el país, además de un compromiso moral con su familia. Sus opositores, en cambio, la interpretaron como una maniobra política para proteger sus ambiciones. De haberse divorciado de Clinton —quien a pesar de todo, seguía siendo el político más popular del Partido Demócrata—, habría sido más difícil convertirse en senadora por Nueva York en 2000. Y fue la imagen de eficiencia y obstinación que proyectó durante esos seis años como congresista la que potenció la idea de una persona fría, poco espontánea y combativa que, fácilmente, sucumbe a sus ambiciones. A pesar de sus intentos de revertir esa imagen de mujer fuerte y agresiva, las encuestas muestran que un 40 por ciento de los votantes la identifica en forma negativa y que incluso las personas que la apoyan dicen no confiar totalmente en sus palabras. Sin embargo, su reelección en 2006 con un 66 por ciento de los votos, le demostró que no necesita ser querida para ganar.

Luego de este reafirmante triunfo, la estrategia de su campaña presidencial profundizó a una candidata pragmática, quien sólo hacía declaraciones maqueteadas y que no aceptaba preguntas. Pero la derrota en Iowa remeció los cimientos de sus certezas.

EL DÍA DESPUÉS DE SU VERGONZOSO TERCER LUGAR en Iowa, Hillary mostró su lado más emocional. Sentada en un café del pueblito de Portsmouth, New Hampshire, y rodeada de cámaras, una cálida mujer, vestida con una chaqueta azul, contestó en forma pausada las dudas de algunos votantes indecisos. De pronto, los espectadores escucharon que la voz de la siempre segura ex primera dama se quebraba y sus ojos se ponían brillosos: “Esto es muy personal para mí. No es sólo algo político. Yo veo lo que está pasando y sé que es urgente que lo revirtamos”.

Otra vez hubo doble lectura. Sus seguidores vieron en su quiebre una expresión del estrés de la campaña y sus detractores lo leyeron como una desesperada artimaña para desmoronar su imagen fría. Como sea, la Clinton estaba de nuevo arriba en las encuestas y sus asesores se propusieron suavizar su imagen para conquistar también los corazones de los votantes y llamaron a la maquilladora de CNN Kriss Soterion, quien feminizó su look.

El nuevo plan le dio además un rol más prominente a Bill Clinton. Y existe controversia sobre si la figura del ex presidente la beneficia o daña. Las presentaciones de Bill reafirmaron muchos votos, pero levantaron críticas entre feministas y afroamericanos. Las primeras reprobaron la excesiva dependencia de la candidata. Los segundos, se enojaron por los ataques de Bill a Obama, leídos como rayando en lo racista.

las propuestas de Hillary y Barack son parecidas, pero sus estilos son diametralmente opuestos. Ella apuesta a su experiencia, él apela a la esperanza y critica la tradicional forma de hacer política. Mientras ella obtiene su apoyo del establishment y recibe donaciones de corporaciones, a Obama lo apoyan los independientes y rechaza dineros de lobbistas. Y un factor importante que inclina la balanza a su favor fue el apoyo público de la familia Kennedy.

“Nunca tuve un presidente que me inspirara de la forma que la gente cuenta como mi padre los inspiraba a ellos”, escribió Carolina Kennedy en el New York Times, “pero por primera vez, creo que he encontrado al hombre que puede ser ese presidente, no sólo para mí, sino para una nueva generación”. Trascendió que la decisión de los Kennedy estuvo motivada por el estilo agresivo de Clinton. Ted Kennedy dijo que las insinuaciones raciales del ex mandatario estaban alienando a parte importante de los simpatizantes demócratas.

Las últimas semanas han sido demoledoras para la candidata. Desde el Super Tuesday del 5, ha perdido ocho elecciones seguidas, todas por abultados márgenes. En Virginia, Maryland y Columbia, Obama la superó por un promedio de 35 puntos. En este enardecido ambiente, ella recibió otra estocada al enterarse de que su campaña estaba en bancarrota (lo que significó la salida de su asesora Patty Solis). Y mientras Obama recolectaba cerca de un millón de dólares diarios, Hillary desembolsaba cinco millones de dólares de su fortuna para seguir en carrera.

Aunque la prensa leyó la salida de Solis como una oportunidad para refrescar una gastada estrategia, la Clinton apostó por su antigua jefa de gabinete, Maggie Williams, cuyo nombramiento agudizó la rivalidad entre los asesores que representan las ideas de Bill y el círculo cercano a la candidata.

Pero Hillary sabe que a pesar de este desolador escenario aún tiene opciones. Y su táctica está centrada en el 4 de marzo, en las primarias de Texas y Ohio, donde espera ganar el voto hispano y el de las mujeres de clase media. “Si pierde en cualquiera de los dos estados, será el final”, sentenció su asesor James Carville al diario Orlando Sentinel.

Quedan sólo 18 primarias de un total de 56 y los candidatos están en virtual empate. Obama promete seguir arrasando. ¿Podrá Hillary parar este movimiento?
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Fuente: Caras.
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