BIBLIA, libro mío, libro en cualquier tiempo y en cualquier hora, bueno y amigo para el corazón, fuerte, poderoso compañero. Tu desnudez asusta a los hipócritas y tu pureza es odiosa a los libertinos.

Gabriela Mistral

lunes, 10 de marzo de 2008

¿Quo Vadis América Latina?


(Escribe Roberto Pizarro) En lo estructural, los estados perdieron capacidad de gestión, los pequeños empresarios se debilitaron con la apertura económica, la clase obrera se vio disminuida y desorganizada con el retroceso sufrido por la industrialización y los políticos tradicionales se consumieron en una rampante corrupción. En lo coyuntural, el ciclo económico recesivo 1998-2002, empujado por la crisis asiática, fue la gota que colmó el vaso: produjo una violenta caída del PIB, con aumento de la pobreza y el desempleo y una ampliación inédita de las desigualdades.

En medio de la protesta ciudadana emergió un nuevo liderazgo político, reemplazando al que durante varias décadas había dirigido a nuestros países y que, con manifiesto oportunismo, se había adaptado al neoliberalismo. Este liderazgo ha surgido como la opción para enfrentar el desastre social y la creciente corrupción que recorre el Continente. Así las cosas, han sido elegidos en procesos democráticos lo gobiernos de Lula da Silva en Brasil, Tabaré Vásquez en Uruguay, Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia y los Kirchner en Argentina. Aún cuando estos, con mayores o menores matices, cuestionan el neoliberalismo y se manifiestan críticos de las posturas hegemónicas de EEUU en la región, todavía no han construido un proyecto económico manifiestamente alternativo al actualmente dominante. Pareciera existir perplejidad para enfrentar los desafíos del desarrollo en la actual fase de globalización y, en particular, cierta confusión para construir capacidades competitivas frente a la apabullante ofensiva productiva-exportadora China e India.

Lo que resulta paradójico es que tampoco los nuevos políticos y sus gobiernos impulsen un efectivo compromiso con la integración. Porque si se desea disminuir el sometimiento a las transnacionales, a los países industrializados y a las agencias internacionales hegemonizadas por estos, la consolidación de un bloque latinoamericano resulta indispensable. Lula y su gobierno lideraron con éxito el rechazo al ALCA que tanto interesaba a EEUU. Pero, al mismo tiempo, Brasil no ha sido capaz, o no ha querido, ejercer un efectivo liderazgo para avanzar en el proceso de integración y construir un mercado común regional. Por su parte, Néstor Kirchner concentró todos sus esfuerzos en resolver los problemas internos heredados del periodo Menem, dejando de lado los asuntos de política internacional y regional. Los nuevos gobernantes de Ecuador y Bolivia se encuentran en situación similar a la de Kirchner, con el componente adicional que se han embarcados en la difícil tarea de reformular los sistemas políticos tradicionales sobre la base del establecimiento de asambleas constituyentes, algo que compromete fuertemente sus agendas. Finalmente, el gobierno de Venezuela aparece en iniciativas de doble envergadura, con un Presidente Chávez que despliega un vigoroso activismo para acumular fuerza interna mientras que, por otra parte, intenta afirmar posiciones de liderazgo en Sudamérica, con una retórica que le ha significado varios conflictos con países de la región.

Bajo tales condiciones no ha existido un efectivo accionar integracionista que vaya más allá de las palabras. Se han producido diferencias económicas preocupantes en años recientes o se han desplegado iniciativas que no apuntan a la acumulación de fuerzas integracionistas. Las disputas comerciales entre Brasil y Argentina y el conflicto por las celulosas entre este último y Uruguay han dejado al MERCOSUR en situación difícil. El retiro de Venezuela debilitó a la Comunidad Andina de Naciones (CAN) mientras el Presidente Chávez se embarca en nuevas iniciativas políticas que, como el ALBA, en vez de apuntar a la conformación de un mercado común regional favorecen la dispersión. La Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI, vale decir Sudamérica más México y Cuba) no avanza en su proyecto de convergencia arancelaria ni en la homogenización de disciplinas, a pesar de la existencia de numerosos acuerdos bilaterales y subregionales en la región, que serían de natural y fácil regionalización. A su turno, Chile ha perseverado en la suscripción de TLC con los países industrializados, luego de su acuerdo con EEUU, aunque sin renunciar a la profundización de sus acuerdos comerciales con la región. Al mismo tiempo, los países del norte de América Latina se han plegado formalmente a Estados Unidos: México en el NAFTA y los cinco países de Centroamérica asociados mediante un TLC. Y después del fracaso del ALCA, EEUU ha persistido en su proyecto hemisférico con la suscripción de un TLC con Perú y otro con Colombia.

Al mismo tiempo, la institucionalidad y las medidas de política para avanzar en nuestra integración regional se muestran débiles. No obstante, la retórica se torna vigorosa y se multiplican las iniciativas. De la Comunidad Sudamericana de Naciones se ha pasado al UNASUR. Ha emergido el ALBA. Junto a la CAF ahora se tiene el Banco del Sur. Se ha conformado el IIRSA pero todavía con escasa efectividad práctica. Simultáneamente, Sudamérica se ha olvidado de México y de Centroamérica mientras que, por otra parte, han aparecido diferencias entre la Cuenca del Pacífico de Sudamérica y la Cuenca del Atlántico.

En suma, la integración regional no avanza o más bien apunta a la dispersión. El comercio intrarregional en el MERCOSUR, que llegó a sumar un cuarto del total de las exportaciones en 1997, apenas alcanza hoy día al 14 por ciento; la CAN supera levemente el 10; y, las exportaciones intra-ALADI son sólo de un 15. Estas cifras contrastan con ese 60 por ciento de comercio intrarregional que se transa en la Unión Europea. O sea, mientras las exportaciones al mundo de los países de la región crecen vigorosamente, al calor de la demanda por combustibles, minerales y alimentos provenientes de la China y la India, el comercio entre nuestros países tiende a disminuir.

LA IRRENUNCIABLE INTEGRACIÓN

A pesar de las dificultades que ha tenido la región para integrarse no sólo en el momento actual sino en sus distintas fases de desarrollo, la unión económica sigue siendo un proyecto irrenunciable. Probablemente hoy día más que en el pasado porque ahora los desafíos son mayores.

En primer lugar, las particularidades de la actual fase de la globalización hacen más vulnerables nuestras economías frente a los vaivenes de la economía mundial. En segundo lugar, la emergencia de China y la India como potencias en pleno crecimiento, productoras a bajo costo de manufacturas y servicios, dificultan el posicionamiento competitivo de nuestros países y ello se ha convertido en una presión para que sigamos exportando combustibles, minerales y alimentos. Todo indica que las nuevas cadenas productivas transnacionales y su reordenamiento a nivel mundial empujan a nuestros países a explotar exclusivamente sus ventajas comparativas geográficas dificultando la diversificación del patrón productivo-exportador.

Para salir del subdesarrollo nuestra región no puede seguir anclada en la producción y exportación de bienes primarios y se encuentra obligada a diversificarse. Para atacar radicalmente la pobreza se necesita reducir el desempleo y terminar con el empleo precario, lo que exige potenciar a las pequeñas empresas y formalizar la ocupación. Para mejorar la productividad, y competir con los países asiáticos, se requiere más inversión en ciencia y tecnología y destinar mayores recursos a educación pública. Para cumplir con esas tareas la integración es insoslayable.

Los países de América Latina son generosos en bienes primarios pero escasos en ciencia, tecnología y educación, algo que obliga a iniciativas y a esfuerzos conjuntos. Así las cosas, y bajo las nuevas condiciones de la globalización, sigue vigente la preocupación primigenia de Raúl Prebisch: la integración es un componente fundamental del desarrollo. Para manufacturar, agregar valor a las exportaciones, potenciar las pequeñas empresas, mejorar la eficiencia de la fuerza de trabajo y negociar con las potencias industriales, la unión regional resulta fundamental, más aún en las nuevas condiciones de la economía global.

Con la fuerza conjunta de los talentos humanos y las condiciones materiales de cada uno de los países de la región es que podremos enfrentar los complejos desafíos del mundo actual. Pero también ello exige algunos requisitos. En primer lugar, nuestros países, sus gobiernos, empresarios, trabajadores y organizaciones no gubernamentales deben reconocer y aceptar la diversidad económica y política que recorre la región. En segundo lugar, los países más avanzados tienen la responsabilidad de asumir el liderazgo integracionista, como lo hicieran Alemania y Francia en Europa. En tercer lugar, para hacer integración de verdad hay que ceder soberanía, como sucedió con la Unión Europea, porque sólo así es posible desplegar políticas comunes de beneficio mutuo.

Finalmente es preciso señalar que la integración es también una tarea política. Porque la estabilidad y solidez democrática se encuentran ligadas a lo que sucede en el entorno regional. Los conflictos diplomáticos y las controversias económicas entre países cercanos dificultan este propósito, exaltan el chauvinismo y estimulan los argumentos a favor del armamentismo.

Por tanto, el mejoramiento de las relaciones entre nuestros países y una sólida integración regional tienen no sólo una dimensión económica sino también política y diplomática insoslayable.

*Economista – Fuente: El Periodista.
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