BIBLIA, libro mío, libro en cualquier tiempo y en cualquier hora, bueno y amigo para el corazón, fuerte, poderoso compañero. Tu desnudez asusta a los hipócritas y tu pureza es odiosa a los libertinos.

Gabriela Mistral

lunes, 7 de julio de 2008

Los dilemas del próximo Presidente de Estados Unidos.


Gane quien gane en noviembre, el nuevo inquilino de la Casa Blanca enfrentará un complicado panorama externo e interno.

Barack Obama es el ejemplo vivo del cambio, su candidatura supone superar las históricas brechas raciales en un país cuya historia estuvo colocada bajo el signo de la esclavitud, la segregación y la desigualdad de los derechos civiles.

La herencia del Gobierno de Bush es una nación estadounidense dominada por el miedo, mortificada por su obsesión por la seguridad, por las presiones proteccionistas y las pulsiones aislacionistas. Todo ello agravado por la crisis económica y el debilitamiento de su liderazgo internacional.


Nadie sabe por lo pronto quién, entre Barack Obama y John McCain, será el próximo Presidente de Estados Unidos. Pero todos perciben que desde Roosevelt, en 1932, ningún Presidente estadounidense se había enfrentado a una situación tan difícil.

Es de fuerza constatar que el Gobierno de George W. Bush se ha mantenido más del lado "conservador" que del lado "neoconservador". La doctrina Bush, concebida a raíz de los atentados de 2001, concluye en un desastre estratégico.

A despecho de la expansión de un presupuesto militar, llevado a 515.000 millones de dólares, el terrorismo islámico sigue extendiéndose, alimentado y no contenido por la guerra de Irak, que moviliza a 160.000 soldados y 300 millones de dólares al día.

La primacía de la opción militar en detrimento de las soluciones políticas se traduce en la desestabilización constante del Medio Oriente, que le ha abierto un considerable margen de maniobra a Irán, con el apoyo de sus relevos del Hezbollah libanés y del Hamas palestino.

La herencia de la política exterior del Gobierno de Bush se resume en un mundo más peligroso, la pérdida de influencia y de poder de Estados Unidos, la división y el retroceso de Occidente.

PÉRDIDAS INTERNAS

El saldo interno es igualmente calamitoso. Las instituciones se han deteriorado por la concentración de poderes en manos del Presidente, en detrimento del Congreso y del Poder Judicial, así como por los atentados al estado de derecho a nombre de la lucha contra el terrorismo.

Ahora bien, el derecho no es solamente un imperativo moral y uno de los fundamentos de la democracia: es también un arma estratégica. La globalización, inventada por Estados Unidos, se ha emancipado y ahora funciona para beneficio de los países del sur, mientras se viene abajo el modelo de desarrollo basado en la deuda, el consumo y las importaciones, en razón de la crisis financiera de 2007.

Más allá del impacto coyuntural marcado por la recesión de la actividad, el aumento del desempleo a 5,5% de la población económicamente activa, la inflación a 4%, la reducción del poder de compra de los hogares en 12% en un año, el crecimiento estadounidense se estancará por mucho tiempo alrededor del 2% anual en virtud del crack inmobiliario y por la cura de desintoxicación indispensable para romper con la doble adicción a la deuda y al petróleo.

En fin, la nación estadounidense está dominada por el miedo, mortificada por su obsesión por la seguridad, por las presiones proteccionistas y las pulsiones aislacionistas. Todo ello con el fondo de una angustia existencial de la clase media, afectada directamente por la reducción de su riqueza y de sus ingresos, por el cuestionamiento de su estatuto social y su modo de vida, y por el debilitamiento del liderazgo de EEUU.

LOS DILEMAS

La era posterior a Bush estará dominada por cuatro dilemas principales. El primero se refiere a la posible retirada de las tropas estadounidenses en Irak, con lo que está en juego el reconocimiento de la multipolaridad y complejidad del mundo, el equilibrio de los instrumentos políticos y culturales con relación a las fuerzas armadas, la reactivación de las alianzas estratégicas y el compromiso por la paz en el conflicto palestino-israelí.

El segundo dilema se refiere a la mundialización y a la sociedad abierta, que ya no funcionan en provecho principalmente de EEUU, y que se cristaliza en las tentaciones proteccionistas y aislacionistas. El tercero está relacionado con la lucha contra la recesión y, sobre todo, con la verdadera revolución que tiene que emprender el país para hacer frente a los problemas de la energía cara y del cambio climático, en un contexto frenado por la deuda.

El cuarto dilema debe buscarse en el grado de las desigualdades sociales aceptables en una sociedad libre, con aplicaciones prácticas en el sistema de seguro médico, educación y vivienda.

CRUCIAL ELECCIÓN

Por todas esas razones, la elección presidencial de noviembre de 2008 es histórica. Como prueba, está la personalidad excepcional de los dos candidatos en la liza, Barack Obama y John McCain, ambos ajenos a la política tradicional, en ruptura con el establecimiento. Así como la movilización de los ciudadanos estadounidenses, que fueron en número de 35 millones a participar en las elecciones primarias demócratas.

A Barack Obama, de 46 años, le corresponde demostrar su capacidad de liderazgo y rebasar las brechas raciales en un país cuya historia estuvo colocada bajo el signo de la esclavitud, de la segregación y de la desigualdad de los derechos civiles. No basta hablar de cambio: hay que realizarlo.

A John McCain, de 72 años, le corresponde demostrar su capacidad de cambio y de rebasar la herencia neoconservadora.

Después de haber pagado un alto precio por las ilusiones perdidas del neoconservadurismo, EEUU va a descubrir el estatus de gran potencia relativa en un mundo multipolar.

No obstante, su declive no tiene nada de fatal, pues conserva importantes cartas de triunfo: una demografía dinámica, la sangre nueva de los inmigrantes, la excelencia tecnológica, la capacidad inigualada de atraer talentos, cerebros, actividades y capitales.

Pero la fuerza máxima de EEUU reside en la vitalidad de su democracia, que se revela en la intensidad y calidad de la campaña presidencial. Esta apasiona no sólo a los ciudadanos estadounidenses sino al mundo entero. En Estados Unidos, las malas noticias es que la economía nunca había estado tan mal; la buena es que la democracia nunca había estado tan viva.

Le Monde - The New York Times Syndicate

Por Nicolas Baverez
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