BIBLIA, libro mío, libro en cualquier tiempo y en cualquier hora, bueno y amigo para el corazón, fuerte, poderoso compañero. Tu desnudez asusta a los hipócritas y tu pureza es odiosa a los libertinos.

Gabriela Mistral

miércoles, 7 de mayo de 2008

Jorge Navarrete - El futuro de la política.


Durante las últimas dos décadas nuestro país ha sufrido una gran transformación. Nadie que mire los datos con algo de objetividad podría negar los evidentes avances de este período. Sin embargo, nada de eso puede resultarles significativo a los ciudadanos si no es acompañado de una promesa, un plan, una ruta que señalice un proyecto para los próximos veinte años.

Quien debería liderar tal esfuerzo, “la clase política”, está sumida en un generalizado desprestigio y, lo que es peor, amenaza con devenir en algo todavía más peligroso: la completa irrelevancia. Las razones para tan drástico juicio por parte de los ciudadanos son diversas y de muy distinta naturaleza. Así, por ejemplo, habrá quienes atribuyan una gran responsabilidad a la actual coalición de gobierno, tanto por lo ocurrido con motivo del Transantiago, como por los casos de corrupción o las divisiones en los partidos. Otros pensarán que los principales culpables están en la oposición y, particularmente estos dos últimos años, en quienes han fustigado sin tregua al Estado, a sus instituciones o al servicio público. Por último, y a propósito de ciertos tristes episodios —el “baile del koala”, el show de las interpelaciones a los ministros o el rebajar una importante partida presupuestaria a mil pesos—, habrá quienes sostengan que se trata de un fenómeno de decadencia generalizado, que no distingue colores o trincheras.

Todo eso puede ser cierto. Sin embargo, creo que son sólo síntomas de algo más profundo y que se refiere a la creciente dificultad que tiene nuestra clase política para interpretar los cambios culturales, sociales y económicos que ha experimentado el país. En efecto, la mayoría de nuestros dirigentes se formaron en una sociedad distinta a la de hoy, donde la política tenía una mayor centralidad en la vida de los ciudadanos, donde el Estado era el único instrumento de transformación social y los problemas y necesidades que aquejaban a la sociedad podían ser recogidos e interpretados en grandes relatos que, adicionalmente, nos diferenciaban ideológicamente.

Hoy, en cambio, somos testigos de una sociedad diferenciada y compleja, cuyos problemas e intereses no sintonizan con los viejos estilos de la política. Quizás, justamente por los frutos del esfuerzo de las últimas décadas, gozamos de una ciudadanía más ilustrada, informada, tecnologizada y autónoma, que reclama un mayor profesionalismo y concreción para satisfacer sus demandas, las que —dicho sea de paso— sólo pueden ser resueltas parcialmente por la política.
Este escenario explica la aparición de movimientos que aspiran a representar y convocar a los ciudadanos renegando de la política o, al menos, soslayando la importancia de sus diferencias («Independientes en Red», «ChilePrimero» u otros). Tampoco es extraño que connotados políticos intenten licuar las diferencias, en aras de una mayor unidad de propósitos («bacheletismo aliancista»). Todos ellos aciertan en el diagnóstico, pero equivocan el remedio.

Pese a los esfuerzos por negar su importancia o llamarla de otra manera, las sociedades modernas no han encontrado otra forma mejor de organizar su vida en comunidad que no sea a través de la política, la que —como es obvio— tiende a distinguirnos según nuestras legítimas y necesarias diferencias. En el particular caso de Chile, su tradición indica, al menos por ahora, que es insustituible el actual sistema de partidos, razón por la cual el mejor antídoto para frenar esta crisis es apostar por una mejor política. Sin embargo, para eso se requiere de una nueva generación de líderes que, conectados con el Chile de hoy, reivindiquen con orgullo y sin complejos la nobleza e importancia de tan alicaída actividad.

Por Jorge Navarrete P.
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