BIBLIA, libro mío, libro en cualquier tiempo y en cualquier hora, bueno y amigo para el corazón, fuerte, poderoso compañero. Tu desnudez asusta a los hipócritas y tu pureza es odiosa a los libertinos.

Gabriela Mistral

martes, 27 de mayo de 2008

Nuestra Memoria Colectiva en Chile.


La profunda afectividad que une a la sociedad chilena con la Concertación es uno de los porqués la Alianza no ha logrado revertir su destino y ser una opción de Gobierno aceptable. La Alianza no ha sido capaz de neutralizar esta afectividad y lo que ella representa en el imaginario colectivo del país, como una apreciación explícita de la vida social de los últimos 30 años. Esta sensación ha contribuido a construir una creencia en quienes la han liderado, junto con la certeza de que éste es un proceso que todavía no ha concluido.

Sin embargo, los analistas políticos han vagabundeado por diversas visiones acerca de por qué a la Concertación le resulta relativamente fácil su reinvención a partir de crisis en apariencia caóticas, causadas por la conducta de la oposición, por sus propios adherentes o errores no forzados al interior del oficialismo. Fundamentalmente es el nivel emocional de la sociedad el que permeabiliza a la Concertación y sienta las bases de sus constantes renacimientos. La nuestra es una sociedad que tiene enraizada esta complicidad en hechos históricos que han calado en la memoria y que han tejido lazos que ningún actor político ha sido capaz de cortar.

Maurice Halbwachs, sociólogo francés, acuñó el término "memoria colectiva" ("Les Cadres Sociaux de la Mémoire", 1925) para fundamentar cómo la sociedad construye recuerdos y define lo importante. Según él, existen "marcos sociales de la memoria ( ) "como el espacio, el tiempo y el lenguaje (la música) que crean un sistema global del pasado que permite la rememorización individual y colectiva". Esta memoria trae el pasado, proyecta la identidad de los grupos sociales o de la nación.

La relación entre la memoria individual, la memoria colectiva y la sociedad chilena con nuestra historia sin duda se encuentra cargada de los hechos, los lenguajes, los espacios, los gestos, los sonidos, las actitudes que marcan la emotividad y vuelven a tomar actualidad. De manera paradójica entonces la estrategia comunicacional de la derecha política, con fundamentos caóticos como la tesis del desalojo o la ingobernabilidad de una mujer Presidenta, contribuyen a fortalecer la continuidad de la Concertación.

Hoy la Alianza no da señales de ser un sujeto de confianza para un sector gravitante en Chile. Al contrario, el empresariado, como el clásico bloque opositor, ha dado indicios de cambio estratégico en su relación con el Gobierno, giro que confunde al pequeño sector de los descolgados y a algunos resabios extremos ideologizados del oficialismo. De igual manera, ha creado un manto confuso en los sectores más tradicionales, que hacen de nuestra experiencia chilena todavía más rica y seductora para el análisis, con sus dos almas, como la llaman algunos. En este escenario, los emergentes independientes, que arriesgan su vida política en conquistar el centro, tienen pocas probabilidades de subsistencia. Y es precisamente la descalibrada relación que mantiene la oposición y su dirección discursiva con la sociedad la que aumenta su distancia y evidencia la escasa credibilidad demostrada en las encuestas.

Son muchos los frentes desde los que se fortalece a la Concertación cuando se la ataca, dejando de manifiesto la falta de propuestas y de un ideario serio y contundente que le permita a la Alianza ser reconocida con las mismas capacidades para gobernar. Es posible advertir que la actual administración concertacionista cierra (no pone fin) a ese círculo afectivo y complicidad social, que le permite blindar sus mayores errores y otorgarle nuevas oportunidades.

Por Alfonso Olave
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