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Gabriela Mistral

domingo, 13 de septiembre de 2009

CUBA: Hernández, presidente y uno de los fundadores de la Fundación Nacional Cubano Americana.

Francisco José Hernández señala hacia las ventanas cubiertas en la oficina de su secretaria. Pocos días antes un individuo destruyó los vidrios con varios disparos hechos desde un auto en movimiento.

Hernández, presidente y uno de los fundadores de la Fundación Nacional Cubano Americana, se encoge de hombros al hablar del ataque, como diciendo "esto no es nada nuevo".

Realmente no lo es para él. Pocos cubanos personifican la experiencia del exilio como este hombre de 73 años conocido como "Pepe". Su conversión de combatiente anticastrista en Bahía de Cochinos a dirigente que apoya contactos limitados con la isla ofrece un ejemplo, tanto de la capacidad humana de renovarse como de los límites de esa renovación.

Hernández no es el único que plantea que el exilio cubano debe dejar de lado el pasado, pero lo hace desde una perspectiva propia.

Además de tratar de derrocar a Fidel Castro, estuvo involucrado en la guerra de Angola, en la caída de la Unión Soviética e incluso en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2008. Poco después de asumir la presidencia, Barack Obama anuló algunas restricciones a los viajes de cubanos a Cuba y está analizando otras recomendaciones de la fundación.

Sus amigos dicen que Hernández es un hombre de acción. Si bien niega haber atacado a gente inocente en su lucha contra Castro, no revela a quiénes tuvo en la mira. Un ex colaborador asegura que a fines de la década de 1990 Hernández dirigía un "grupo de combatientes" secreto que recibía fondos de la fundación.

Tal vez sería exagerado decir que Hernández hizo un giro de 180 grados. Se opone al levantamiento total del embargo impuesto por Estados Unidos hace casi 50 años y no está claro hasta qué punto se arrepiente de sus acciones o las de sus correligionarios, pero está listo para enterrar el pasado y concentrarse en el futuro.

En relación con la idea de derrocar al gobierno cubano, dice: "No es que no me gustaría hacerlo, pero soy inteligente, tengo mucha experiencia en estas cosas y sé que no es posible, y que es contraproducente en estos momentos porque el pueblo cubano no lo quiere y no tenemos suficientes recursos".

Hace estos comentarios en un momento clave de la historia cubana. Fidel Castro, debilitado por problemas de salud, le cedió el poder a su hermano Raúl, en lo que fue el primer cambio en la cúpula del gobierno en medio siglo y sus palabras pueden hacer más aceptable entre los exiliados cubanos de edad avanzada la decisión de Obama de promover un diálogo con la isla por primer vez en más de una década.

Para la izquierda, no obstante, Hernández sigue siendo un individuo intransigente en el que no se puede confiar. Para la derecha, es un traidor.

No sería de extrañar si Hernández se siente solo.

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Para entender a Hernández, hay que empezar por el principio.

Tenía 16 años cuando Castro y sus rebeldes lanzaron un alzamiento fallido contra el dictador Fulgencio Batista en 1953. Pese a ser hijo de un militar de carrera, Hernández se oponía a Batista y comenzó a militar en una agrupación católica que buscaba restaurar la democracia.

En 1958 los rebeldes lograron una victoria importante en Santa Clara y fue el padre de Hernández, el coronel Francisco Hernández Leyva, quien le entregó el cuartel al jefe rebelde Ernesto "Che" Guevara. Al padre de Hernández se lo dejó en libertad a cambio de que pasase a retiro, pero más tarde se negó a declarar en contra de militares acusados de violar los derechos humanos y fue sentenciado a 30 años de prisión. Esa misma noche, sin dar tiempo a que su hijo apelase, fue condenado a muerte y ejecutado.

Hernández rara vez habla de la muerte de su padre y le cuesta leer un informe preparado en 1962 por la Comisión Internacional de Juristas, un organismo independiente con sede en Ginebra.

"Por entonces comencé a cambiar de parecer en torno a muchas cosas", señala.

Hernández empezó a viajar seguido a Estados Unidos y a armar a rebeldes anticomunistas escondidos en las montañas, con ayuda de la CIA. En enero de 1961 viajó junto con cientos de exiliados a Guatemala para recibir entrenamiento con miras a la invasión de Bahía de Cochinos. La invasión fue un desastre: Estados Unidos no suministró suficiente apoyo aéreo y tampoco se produjo el alzamiento popular que esperaban los insurgentes. Hernández fue detenido junto con otros 1.000 invasores y pasó 18 meses preso.

Al ser liberados, Hernández y muchos otros exiliados se fueron a Estados Unidos y redoblaron sus esfuerzos tendientes a derrotar a Castro.

Hernández entrenó gente en Fort Benning, Georgia, junto con Jorge Mas Canosa, quien más adelante fue la imagen pública de la Fundación Nacional Cubano-Americana, y a Luis Posada Carriles, quien sería acusado más adelante del atentado contra un avión cubano, de explosiones en La Habana y de otros complots para matar a Castro.

Hernández llegó a ser capitán de la infantería de marina estadounidense y trabajó con los servicios de espionaje durante la guerra de Vietnam. Recibió entrenamiento sobre métodos para desestabilizar al gobierno cubano y reunir información sobre la presencia rusa en la isla. Él y sus camaradas se entrenaron en el sector oriental de la Florida, pero con el correr del tiempo sus sueños de volver a Cuba se fueron desvaneciendo y dando paso a una vida tranquila en los suburbios.

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Igual que tantos cubanos de su generación, Hernández se esforzó por echar raíces en su nueva patria. Crió cuatro hijos con su esposa Ana, sacó una maestría en economía en la universidad de Duke y un doctorado en la Universidad de la Florida. Fundó empresas de construcción, alimentos para animales y comunicaciones que mueven millones de dólares.

También realizó misiones para la CIA en el Medio Oriente y en Africa, según cuenta. Dice que en una ocasión pasó seis horas escondido en un armario del hotel Hilton de Nairobi durante un intento fallido de golpe en Kenia en 1982.

A comienzos de la década de 1980, Hernández y otros cubanos crearon la fundación, que llegó a ser una de las organizaciones de cabildeo más fuertes de Washington y distribuyó millones de dólares entre políticos de todo el país.

La fundación trajo a Ronald Reagan a hablar en la Pequeña Habana en 1983, ayudando a que los cubanos comprometiesen su voto con los republicanos por varias décadas.

Hernández relata que le tomó el brazo a Reagan en una función de gala en 1985 para que Mas Canosa pudiese preguntarle por qué no se iniciaban las transmisiones de radio a Cuba, que ya habían sido aprobadas. Se ganó un empellón de un agente del servicio secreto. Una foto los muestra a los tres sonriendo.

"A Pepe no le gusta dar discursos. Es un hombre de acción", afirmó Joe García, un ex presidente de la fundación.

La fundación convenció al Congreso de que anulase la prohibición de ayudar a organizaciones paramilitares de Angola, donde soldados entrenados por cubanos y soviéticos libraron una de las batallas más intensas de la Guerra Fría. Hernández, Mas Canosa y otros exiliados viajaron a Angola y pusieron a funcionar una radio de los rebeldes.

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La debacle de la Unión Soviética hizo pensar que el gobierno comunista de Cuba también se vendría abajo y varios líderes mundiales comenzaron a tratar a los principales dirigentes de la fundación como si estuviesen a punto de hacerse cargo del gobierno en la isla.

"Todos pensaban que bastaba que alguien encendiese la mecha para que se desmoronase todo", comenta Hernández.

¿Pero quién la encendería?

De acuerdo con un ex director de la fundación, Tony Llama, en 1993 se encomendó a Hernández la dirección de una agrupación secreta que debía adquirir botes, un helicóptero y armas para desestabilizar el gobierno cubano y asesinar a Castro.

Hernández asegura que esa agrupación fue una farsa y que sus integrantes solamente querían tener "planes de contingencia" en caso de que se produjese una rebelión. Insiste en que la fundación siempre promovió métodos pacíficos.

Llama y otros integrantes del grupo fueron arrestados en 1997 frente a la costa de Puerto Rico y acusados de complotar para asesinar a Castro en una reunión cumbre a realizarse en Venezuela. En su embarcación se halló un rifle de Hernández, pero nunca se lo acusó de nada y los demás fueron absueltos.

Hernández dice que compró el rifle para que quienes tratan de sacar gente de Cuba pudiesen defenderse, pero no explica cómo llegó a la embarcación.

En 1997 estalló una bomba en un hotel de La Habana, que mató a un turista italiano. Posada Carriles, quien alguna vez trabajó para la CIA, se atribuyó la responsabilidad del atentado al año siguiente y dijo que la fundación había costeado sus actividades por años. Posteriormente negó haber dicho eso. Posada Carriles vive hoy en Miami y espera ser enjuiciado por entrar ilegalmente al país. Venezuela quiere juzgarlo, acusado de haber orquestado un atentado contra un avión cubano en el que murieron 73 personas en 1976.

Cuando se le pregunta por Posada Carriles, Hernández balbucea un poco y dice que el propio Posada desmintió haber dicho que la fundación le daba dinero.

"La opinión pública lo presenta como un terrorista y no lo es", afirmó Hernández. "Igual que yo, siempre quiso derrocar al gobierno cubano, pero no aterrorizar al pueblo de Cuba".

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La fundación sufrió divisiones y perdió influencia tras la muerte de Mas Canosa en 1997. Un año después, el caso del balserito Elián González dejó en claro hasta qué punto las cosas estaban cambiando.

El niño fue hallado en el océano atado a un neumático cerca de Fort Lauderdale. Su madre y los otros que viajaban con él se habían ahogado al hundirse el bote en el que intentaron llegar a Estados Unidos. Su padre pidió que se lo entregasen en Cuba y cuando la comunidad cubana se movilizó para tratar de impedirlo, muchos estadounidenses se mostraron escandalizados.

El exilio ya no podía dar por descontado el apoyo de la opinión pública. Los nuevos inmigrantes, por otra parte, no tenían los mismos deseos de revancha que los más viejos. Su prioridad era ayudar a sus familiares en la isla.

Para seguir siendo relevantes, los dirigentes como Hernández tenían que adaptarse a los nuevos tiempos. Por ello, Hernández se unió a un grupo de estudios de la Brookings Institution, un organismo de tendencia más bien izquierdista.

"Su transformación ha sido notable. Alguien que fue mano derecha de Mas Canosa promueve hoy el diálogo", comentó la periodista Ann Louise Bardach, que ha escrito en tono crítico acerca de la fundación. "Creo que es sincero".

Hernández dice que está dispuesto a olvidarse del ataque contra su oficina.

Señala que la vida le ha enseñado muchas cosas y que ahora hay que darle paso a las nuevas generaciones, incluida la de sus hijos, nacidos en Estados Unidos. "En lugar de imponer, hay que tratar de convencer. Pongo ejemplos de cosas que hice mal y les digo que no repitan esos errores. Eso es lo que tiene que hacer nuestra generación con Cuba".

"Si queremos hacer algo por el pueblo cubano, tiene que ser algo que nuestros hijos consideren también valioso, no simplemente tratar de destruir".
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Fuente: El Nuevo Heraldo.
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