BIBLIA, libro mío, libro en cualquier tiempo y en cualquier hora, bueno y amigo para el corazón, fuerte, poderoso compañero. Tu desnudez asusta a los hipócritas y tu pureza es odiosa a los libertinos.

Gabriela Mistral


martes, 24 de febrero de 2009

Antonio Gil y las falencias en los discursos presidenciales.

Cuando muchos dirigentes locales tratan de sacar lecciones del triunfo de Barack Obama, el escritor y experto en estrategia comunicacional Antonio Gil desnuda las falencias en ese ámbito de los políticos nacionales. Su diagnóstico es alarmante y explica en cierta forma por qué la actividad pública está tan desprestigiada. Para preocuparse.

Antonio Gil es uno de los escritores chilenos más originales de la actualidad. No sólo escribe novelas que desafían las normas –su último libro, Cielo de serpientes, posee partes en español, partes en quechua–, sino que tiene una vasta experiencia como publicista, sobre todo en el área de la comunicación estratégica, y ha trabajado en numerosas campañas, como la del No en 1988.

“Si te contara todos los políticos a los que les he escrito discursos, estaría rompiendo un pacto de confidencialidad”, dice, aunque reconoce que ha trabajado en los equipos de Patricio Aylwin, Eduardo Frei y Ricardo Lagos, en Chile; y en el de Sánchez Lozada, en Bolivia, entre otros. Por estos días asesora a dirigentes como Ximena Rincón, que aspira a un sillón en el Senado, y al presidente de la DC, Juan Carlos Latorre.

“Cada persona tiene sus mañas. A Aylwin tratamos de pasarle alguno discursos, pero don Patricio los agarraba, los miraba y terminaba escribiéndolos él mismo, siempre”, recuerda.

Polémico como pocos, Gil no tiene pelos en la lengua a la hora de descifrar las variables que condicionan el discurso político nacional. “Aquí en Chile el nivel de las ideas es pobrísimo. No hay épica ni belleza ni lirismo en las declaraciones de nuestros dirigentes y eso le hace muy mal al país”, comenta.

A propósito de la elección de Barack Obama como presidente de Estados Unidos –triunfo basado, según muchos, en su capacidad oratoria–, quisimos hablar con un experto en las artes retóricas para descifrar las deudas que en este campo mantiene la fronda política local y que en buena medida explican la mala fama de los partidos y sus dirigentes.

-¿Crees que el triunfo de Obama de alguna forma representa el regreso de la retórica, de la mística a la acción política?

-Desde la elección de Lincoln que los norteamericanos no elegían a un presidente por su oratoria. Por su inmensa capacidad de inspirar, de conmover y de conectarse con la sensibilidad más profunda de las personas corrientes. Por cierto, este don no es casual y demuestra la profunda cultura y el vasto conocimiento clásico que posee Obama, en particular de Cicerón, de quien aprendió variadas estrategias discursivas. La más conocida de esas técnicas es el tricolon, que consiste en el uso de series de tres frases o conceptos para destacar una idea central. Habilidad que demostró en la convención demócrata del 2004 en un discurso que, además, se basó en aquello que la retórica denomina praeterito, y que consiste en aludir a un tema, supuestamente eludiéndolo. “No voy a hablar aquí de nuestros rascacielos, ni de nuestro espíritu de lucha”. Ese era, justamente, el foco de su discurso, el que mediante este viejo truco cobró un vigor electrizante.

-En Chile la retórica ha llegado a ser una mala palabra.

-Por desgracia ha adquirido un matiz de cosa vana, de palabra hueca, tratándose en realidad justamente de todo
lo contrario. Sin ánimo de dar la lata, los recursos que aparecen con más frecuencia, al analizar la discursiva de Obama, son la anáfora y la epífora. La primera es la repetición de una misma expresión al comienzo de cada párrafo. Y la otra es la misma reiteración, pero rematando las frases. Sellándolas. Remarcándolas una y otra vez.

-Obama aparece como un político no tradicional, pese a tener una trayectoria más o menos convencional como dirigente y parlamentario. ¿Cuán novedoso es su discurso?

-Obama no puede ser más tradicional como político. Se enlaza con una vieja tradición que él mismo se empeña en reforzar y reiterar, incluso con gestos simbólicos como su anacrónico viaje en el último carro de un tren a Washington. En términos representativos, eso tiene un valor formidable, porque se conecta con el pasado. Obama volvió a poner en la retina la visión idealista de Estados Unidos, una estética que nos remite a los tiempos patrióticos de los años duros, plenos de una dignidad y de una voluntad de triunfo que se habían perdido. Vale la pena recordar que tras los discursos de Obama está, en buena medida, la pluma de Jon Favreau, un poeta de 27 años que es el director de los speechwriters del nuevo presidente. “Fav”, como lo apodan, vive encerrado en un departamento minúsculo, y aporta el lirismo, la belleza retórica, la potencia nuclear a las ideas de Obama.

-¿Es Obama el presidente más inteligente que ha tenido EEUU en el último tiempo, como ha dicho la prensa liberal de ese país?

-Tengo muchas sospechas de la palabra inteligencia. En EEUU el presidente puede ser un retardado mental, como ha quedado demostrado. Allí no gobierna el presidente: gobiernan los asesores, el presidente pone la cara. Obama, eso sí, es el presidente que ha mostrado mayor ilustración. Mayor conocimiento del mundo clásico. Hay muchas cosas de su discurso que corresponden al mundo romano, que es la cuna del hacer política en la cultura occidental.

-En Chile, por el contrario, el debate parece bastante superficial, ¿no te parece?

-Lo que pasa es que estamos en manos de una tropa de ignorantes de marca mayor. En Chile la vulgaridad es ley. La política siempre ha tenido aspectos plebeyos y nobles, pero un político tiene que moverse en los dos mundos. Por ejemplo, Arturo Alessandri Palma podía moverse en el mundo de los matarifes y en el mundo de los filósofos. Un presidente de la República tiene que ser capaz de moverse con fluidez en esos dos aspectos. Pero hoy los políticos se dedican a defender sus parcelas de una manera descarada: se ha perdido todo recato, todo pudor.

-Cuando uno escucha las declaraciones de los dirigentes, nota un nivel muy pobre, lleno de lugares comunes y frases mal armadas, que no respetan siquiera la sintaxis. ¿A qué se debe tal retroceso en el lenguaje?

-El discurso de los congresistas y líderes está lleno de obviedades, de cosas que ellos creen que la gente quiere oír. El problema es que los políticos no conocen Chile, no tienen idea de lo que es este país, que por cierto es un fenómeno muy complejo. Yo fui opositor a Allende, pero reconozco que era un político talentoso: él tenía un lugarteniente que se llamaba Joan Garcés, que por decir un caso se iba a Talagante, donde iba a ir el presidente tres días después, y entretanto tomaba nota de todos los problemas objetivos: el agua potable, la salud, etc. Luego preguntaba cuándo florecen los árboles de la plaza, dónde están las mejores empanadas del pueblo. Cuando llegaba Allende, en su discurso primero se hacía cargo de los problemas concretos y luego decía (Gil imita la voz del fallecido mandatario):“Siempre recuerdo cuando florecen en mayo los árboles de la plaza y las empanadas maravillosas de la señorita X”. De esa manera se ganaba las entrañas de la gente... y el negocio de los políticos es ganar las entrañas de la gente. Para eso basta con entregar dos o tres líneas para explicar un relato. Un manual. La política no es necesariamente racional.

-¿Qué piensas de que el voto sea obligatorio de verdad –y no letra muerta– como plantean, desde trincheras muy distintas, gente como Carlos Peña y Sergio Melnick?

-La obligación de los políticos es encantar, seducir, esa es su función. No tenemos por qué eximir a los políticos de ese deber. El Concilio Vaticano II dice que la política es un arte noble y difícil: una gran definición. Porque si es noble, si es extremadamente difícil, no puede estar en manos de cualquiera. ¡No puede estar Marco Enríquez-Ominami candidateándose a la presidencia de la República! Eso es inaceptable.

-¿Hubo en Chile políticos brillantes en su oratoria? Lagos, por ejemplo, no hilvanaba bien las frases, pese a su fama de hombre culto.

-Lagos es inteligente, pero no tenía buena retórica, tenía un speechwriter que no era de los más brillantes. ¿Te acuerdas de un discurso de Lagos? Yo no. Uno se acuerda de los discursos de Allende en la ONU, o del discurso de Frei sobre la Patria Joven. Frei padre usaba mucho el truco retórico de la letanía, la frase corta que se termina siendo hipnótica. Del pasado sin duda grandes oradores fueron Alessandri Palma, Enrique Mac-Iver, Lastarria, Francisco Bilbao.

Por Marcelo Soto
Foto, Elisa Bertelsen.

Fuente: Revista Capital - Artículo correspondiente al número 246.
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