BIBLIA, libro mío, libro en cualquier tiempo y en cualquier hora, bueno y amigo para el corazón, fuerte, poderoso compañero. Tu desnudez asusta a los hipócritas y tu pureza es odiosa a los libertinos.

Gabriela Mistral

miércoles, 11 de febrero de 2009

MUNDO: La “teoría” del buen gobierno.

Para justificar su aspiración monárquica el teniente coronel presidente ha recurrido a la “teoría del buen gobierno”. Con esa tesis pretende también sustraerse de aquella sabia advertencia de Simón Bolívar cuando dijo que la permanencia prolongada del gobernante en el poder ineluctablemente conduce a la tiranía. Según él, cuando El Libertador dijo eso se refería sólo a los malos gobiernos. ¡Qué cinismo, como si el suyo fuera muy bueno!

Se intenta vender la enmienda constitucional que persigue la reelección continuada, sucesiva, perpetua, aduciendo que esa fórmula ofrece la oportunidad de recompensar, reeligiéndolo, a quien ha sido un buen gobernante. Seguramente esta es la “ampliación de los derechos políticos del ciudadano” de que habla la pregunta del referendo.

El Tribunal Supremo de Justicia, en la sentencia 3209/2009 del 3 de febrero pasado, basada en la ponencia del magistrado Arcadio Delgado Rosales, también recurre (¿pura coincidencia o simple connivencia?) a la teoría del buen gobierno para afirmar que la reelección indefinida no vulnera el principio de la alternancia consagrado en el artículo 6º. de la Constitución.

En esa sentencia el TSJ reproduce párrafos de una sentencia anterior (1488/2006) en la cual elaboró ampliamente sobre la “teoría” del buen gobierno. Para ello se valió de la opinión del “gran pensador norteamericano” del siglo XIX, Alexander Hamilton, quien en un artículo publicado en el “El Federalista” sostuvo, entre otras cosas que la reelección era necesaria “para que el pueblo pudiera prolongar una administración positiva en su beneficio y para aprovechar las virtudes del gobernante reelegido”. Según la misma tesis “la exclusión de un buen gobernante solo traería males a la sociedad y perjudicaría el conducir del gobierno”. El TSJ agrega que Hamilton consideraba que impedir la reelección disminuiría los incentivos para el correcto proceder del gobernante y facilitaría la tentación “de actuaciones no adecuadas”.

Basándose en esta argumentación el TSJ sostuvo en aquella sentencia que la reelección “amplía y da progresividad al derecho de elección que tienen los ciudadanos y optimiza los mecanismos de control por parte de la sociedad respecto de sus gobernantes haciéndolos examinadores y juzgadores directos de la administración que pretenda reelegirse, y por lo mismo, constituye un verdadero acto de soberanía y de ejercicio directo de la contraloría social”.

En su nueva sentencia el TSJ dice “Siguiendo la óptica abordada en tal fallo, apuntalada en la teoría del buen gobierno, conviene añadir que la eliminación de la causal de inelegibilidad para el ejercicio de cargos públicos derivada de su ejercicio previo por parte de cualquier ciudadano, en modo alguno trastoca el principio de alternabilidad en el ejercicio del poder”.

Antes de seguir adelante resulta pertinente citar también lo que dice a este respecto el magistrado Pedro Rafael Rondón Haaz en su opinión disidente: “Cuando dictó la sentencia No. 1.488 /2006, la Sala pretendió apoyarse en expresiones de Hamilton en El Federalista a favor de la reelección … No se planteó en El Federalista, ni siquiera tangencialmente, la posibilidad de reelecciones sucesivas continuas”.

Recurrir al argumento del “buen gobierno” para justificar la permanencia de un gobernante en el poder y al mismo tiempo sostener que la reelección indefinida no atenta contra el principio de la alternancia resulta no solamente hipócrita sino también grotesco, estrambótico, lamentablemente, y hasta risible.

Si acogiéramos (supuesto negado), la tesis del buen gobierno simplemente porque así lo decidió el TSJ y la aplicáramos a la realidad actual de nuestro país, ¿no sería ese precisamente un argumento suficientemente incuestionable y sólido para rechazar de plano la enmienda que propone el teniente coronel presidente? ¿Puede considerarse bueno un gobierno que emplea el odio, la exclusión, la mentira, la amenaza, la agresión, como instrumentos de su política para apuntalarse en el poder? ¿Es bueno un gobernante que ordena a la fuerza pública echarle “gas del bueno” a los jóvenes estudiantes que manifiestan contra la enmienda y formularles imputaciones falsas para detenerlos o aplicarles medidas cautelatorias que limitan sus derechos individuales y que además ofende públicamente a la mujer venezolana? ¿Merece calificar de bueno un presidente que emplea de manera incontrolada e incontrolable los recursos del erario nacional para comprar solidaridades y lealtades de la gente humilde y de gobiernos extranjeros mientras el país padece toda clase de carencias y se derrumba por el abandono de su infraestructura física? ¿Es bueno un gobierno donde la corrupción ha llegado a niveles impúdicamente escandalosos? ¿Es bueno un gobierno que pretende imponer un proyecto político totalmente reñido con la idiosincrasia de su pueblo? ¿Es bueno un gobierno que en lugar de impulsar el desarrollo de la nación y el bienestar de su población se empeña en asfixiar el aparato económico del país para suplantarlo con un modelo fracasado, inspirado en filosofías y doctrinas rechazadas en otras latitudes? ¿Es bueno un gobierno que en diez años en el poder se ha caracterizado por ser el más incompetente, ineficiente y corrupto que ha tenido Venezuela en toda su historia?

La teoría del buen gobierno podría funcionar bien si en Venezuela prevaleciera el Estado de Derecho y se respetaran la democracia y los derechos de los ciudadanos. En ningún caso bajo un gobierno que, como el actual, recurre a todos los medios a su alcance, incluida la modificación de la Constitución Nacional, para perpetuarse en el poder a como dé lugar.

Si se llegara a aprobar la enmienda, lejos de servirle al elector para premiar al buen gobernante, en cada evento electoral futuro tendríamos al teniente coronel presidente recurriendo al mismo ventajismo, el mismo abuso de poder, los mismos atropellos que despliega actualmente para prolongar su permanencia en el cargo y para premiar, no a los buenos administradores, sino a otros funcionarios de elección popular que se hayan destacado por su mediocridad, su adulancia, su vasallaje y su incondicionalidad. Contrariamente a lo que dicen Hamilton y el TSJ, lejos de servir para controlar “las actuaciones no adecuadas” de los gobernantes, la implantación de la reelección continuada incentivará la corrupción porque el mandante seguiría favoreciéndola para premiar, manteniendo en sus cargos a sus fantoches, aduladores serviles y corruptos.

Por Adolfo Taylhardat - El Universal - Noticiero Digital
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