BIBLIA, libro mío, libro en cualquier tiempo y en cualquier hora, bueno y amigo para el corazón, fuerte, poderoso compañero. Tu desnudez asusta a los hipócritas y tu pureza es odiosa a los libertinos.

Gabriela Mistral

viernes, 6 de febrero de 2009

ARGENTINA: Los grandes dictadores.

Nacionalismo y fascismo en Argentina

INVESTIGAR EL NÚCLEO de ideas que hicieron posible la existencia de la última dictadura militar en Argentina significa ir más allá de las directivas de la Doctrina de Seguridad Nacional y del Plan Cóndor. Según dos obras de reciente aparición en la vecina orilla, el rígido control que los militares impusieron a la sociedad argentina, la maquinaria de horror con que la sometieron y aún sus momentos de auge en apoyo popular, son en buena parte consecuencia de una peculiar interpretación del nacionalismo a lo largo del siglo y de una ávida recepción de las consignas del fascismo europeo desde los años treinta en adelante. "Fascismo y nacionalismo son sinónimos en la Argentina. Si Mussolini fue el padre del fascismo como ideología universal, no hay duda alguna de que los nacionalistas representaban la madre del fascismo `a la argentina`. La Iglesia y el Ejército fueron de alguna manera sus padres adoptivos…", afirma Federico Finchelstein en La Argentina fascista. Complementa sus dichos Leticia Prislei (Río Negro, 1950) quien, en su libro Los orígenes del fascismo argentino, estudia minuciosamente la incidencia de los voceros directos del régimen del Duce en la colectividad italiana y en toda la sociedad argentina desde los años veinte hasta el surgimiento del peronismo.

INDUSTRIA NACIONAL. Para Finchelstein, el golpe de Estado dado por el general José Félix Uriburu el 8 de setiembre de 1930 fue factor decisivo para dejar atrás el nacionalismo tradicional del siglo XIX y abrir paso a un nuevo concepto con base en el militarismo y opuesto a los ideales democráticos.

El poeta Leopoldo Lugones, quien desde hacía una década pregonaba su fe en el Ejército como salvador de la patria -y que por tal motivo fuera encargado de redactar la proclama original del nuevo gobierno-, fue su padre intelectual. Fue también el creador de la Guardia Argentina, organización paramilitar que, junto a la Legión Cívica y la Alianza de la Juventud Nacionalista, tenía como misión "inculcar una nueva conciencia pública". No estuvo solo. Lo acompañaron otros escritores como Ricardo Rojas y Manuel Gálvez e historiadores como los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta, entre los más connotados.

El otro aporte llegaría por la vía del clero. Apoyándose en el fundamentalismo católico los nacionalistas se reconocerían a sí mismos como brazo político de la divinidad. "Nuestra historia, la de la civilización cristiana, fue forjada por la cruz y la espada", repetía el teólogo César Pico, portavoz de un "imperio argentino" presentado como "regeneración secular del virreinato sagrado". Lo secundaría la prédica antisemita y oscuramente retrógrada de sacerdotes como Julio Meinvielle, Virgilio Filippo y muchos más.

La simpatía -o abierta adhesión- al fascismo no tardaría en producirse en una versión "industria nacional", que lo cristianizaba y que, al cabo de la Guerra Civil española, le permitió también estrechar vínculos con el régimen de Franco. "El nacionalismo permitiría entonces la realización del reino fascista de Dios en la Tierra", asevera Finchelstein.

La acción propagandista, coordinada a través de numerosas publicaciones, fue acuñando discursivamente, en el contexto de los acontecimientos mundiales de los años treinta y cuarenta, el estereotipo de un enemigo liberal, demócrata o comunista, judío y a veces afeminado, al que había que combatir sin piedad. Algo que en efecto sucedió décadas después.

DESDE ITALIA. Leticia Prislei, por su parte, reseña con rigor Il Mattino d`Italia, diario bilingüe pergeñado por el Círculo Italiano de Buenos Aires el 21 de mayo de 1930. Constituido en vocero directo del régimen de Mussolini, apoyado económicamente por una fracción de empresarios italianos, ya en 1934 se autoproclamó órgano de las colectividades peninsulares de Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Chile. En 1936, motivado por la conquista de Addis Abeba y la instauración del imperio, alcanzó un tiraje de 250.000 ejemplares. Su labor de defensa y difusión de la cultura y el régimen político italiano sería compartida por muchas otras publicaciones del mismo tenor que fueron surgiendo a partir de 1940, como el diario en español Oiga y la revista mensual La Patria degli Italiani. En otros ámbitos sería respaldada por radioinformativos, filmes, documentales, noticieros cinematográficos y la acción cultural del Instituto Dante Alighieri.

Hubo diversas instancias en la trayectoria del periódico, desde el auge suscitado por el triunfo en Etiopía hasta la incertidumbre generada entre los italianos radicados en Argentina por el advenimiento de las leyes raciales en su país natal. Trascendiendo a la colectividad se destacó el apoyo otorgado a la Alianza de la Juventud Nacionalista Argentina, con la que se compartió durante tres años (1940 a 1942) la organización de la llamada "Marcha de la Liberación Nacional" en los 1º de mayo, así como las exitosas presiones para prohibir en todo el país la exhibición de El gran dictador, de Charles Chaplin. Es aquí, cuando Prislei pasa revista a la incidencia de todo ese aparato propagandístico en el conjunto de la sociedad, donde se encuentran los capítulos más importantes del libro.

La pregunta de si es posible el fascismo en Argentina se abre camino a partir de la obra de Manuel Gálvez Este pueblo necesita (1934), y se vuelve una esperanza con el golpe de Estado del general Ramírez en 1943, paradojalmente cuando en Italia comenzaba el descenso inexorable de Mussolini. En las últimas ediciones de Il Mattino, hacia 1944, la noticia permanente son las palabras y los actos de un inquieto y joven coronel que empieza a dominar la escena pública: Juan Domingo Perón.

PERÓN: DEL FASCISMO A LA TERCERA VÍA. Perón fue el canto de cisne del diario Il Mattino. Se reproducen sus discursos, se elogia sin titubeos su gestión. En el editorial de una de sus últimas ediciones se afirma que "en Argentina estaba naciendo una nueva, pacífica y feliz revolución. Se había partido de la unidad nacional, y con este nuevo gobierno, se tendía a la unidad social". Empero, entre sus conclusiones, Leticia Prislei advierte de "no derivar conclusiones simplificadoras haciendo una lectura sin más anticipatoria del peronismo", dejando la puerta abierta a una discusión más profunda.

En su libro, Finchelstein admite que "el fascismo italiano fue una pata originaria del peronismo pero, sin embargo, sus bases sociales eran diferentes" y, después de señalar un largo listado de similitudes entre los dos regímenes, especifica que "mientras el fascismo movilizó a las clases medias, el peronismo lo hizo con la clase obrera". Una vez marcada esa diferencia puede pensarse sin lugar a dudas que "la otra pata" del peronismo era la del nacionalismo de cuño católico, activo, desde hacía al menos dos décadas. Pero entonces Finchelstein señala que "si los nacionalistas querían un `fascismo cristianizado`, después de 1946 se empezó a hablar de un `cristianismo peronista´". Desde su óptica, tanto el catolicismo como el nacionalismo fueron `peronizados`: "ahora la cruz y la espada estaban representados por un hombre y un pueblo", sentencia. Esto explicó por qué, durante su mandato, Perón relegó a un lugar subalterno a la Iglesia y aún al Ejército.

Para Finchelstein el peronismo fue una construcción sobre la marcha y su doctrina definitiva fue enunciada por primera vez en 1949, no antes, en el famoso discurso de Perón en el Congreso de Filosofía de Mendoza. Entonces se la presentó como una tercera vía ideológica donde el conductor no salvaba a la patria por la guerra y la violencia sino mediante la consagración de un nuevo orden social donde un Estado árbitro -y por encima de la lucha de clases- eliminaba para siempre el comunismo.

El deslinde con el derrotado régimen de Mussolini se hacía aún más notorio. El fascismo europeo movilizaba a las masas por razones militares pero tendía a desmovilizarlas en términos sociales. Según Finchelstein, el peronismo "invirtió los términos de la ecuación". En todo caso, a la luz de una realidad diferente, Perón fue "el alumno que aprendió de los errores del maestro" y lo superó al punto de crear algo nuevo y mejor.

Manuel Gálvez, Hugo Wast, Leopoldo Marechal y la mayoría de los intelectuales nacionalistas de antaño se alinearon junto a Perón, aunque también hubo quienes se le opusieron o presionaron sobre él insistiendo en repetir la experiencia europea. Ése es el papel que ejercía, por ejemplo, la revista Dinámica social, en cuyas páginas colaboraban numerosos criminales de guerra nazis y fascistas refugiados en Argentina.

La división se ahondó cuando Perón se alejó de los dos nervios motores del nacionalismo: la Iglesia y el Ejército. Y el vaso se derramó con la quema de templos en 1955. Perón fue acusado de demagogo y de haber "bastardeado las banderas que enarbolara la generación del 30- 43". Un año después, los aviones de la Revolución Libertadora bombardeaban Plaza de Mayo con la consigna: "Cristo vence". La posterior evolución del peronismo derivaría en un enfrentamiento interno entre izquierda y derecha -manifiesto en los grupos Tacuara-, la masacre de Ezeiza y la guerra entre la Triple A y los Montoneros.

LA IDEOLOGÍA DE LA DICTADURA. La última dictadura militar consagró el liberalismo económico a través del fascismo "a la argentina". No era posible uno sin el otro. El nuevo plan económico exigía una represión social sin precedentes, al extremo de que muchas veces se puso el aparato de exterminio a disposición de empresas multinacionales extranjeras. Con esa finalidad se promovió "la guerra interna" hacia un enemigo caracterizado desde décadas atrás y del que la dictadura se apropió como una herencia lógica, como parte de su cultura política.

Se exigió "purificar" la Argentina, ejecutar la "guerra santa". Durante los secuestros la consigna de los represores era "¡Por Dios y por la Patria!". La vieja idea de "la cruz y la espada" se reedita sin ambages en 1976 en las palabras del arzobispo de Paraná, Victorio Bonamín: "Estaba escrito, estaba en los planes de Dios que la Argentina no debía perder su grandeza y la salvó su natural custodio: el Ejército". Era "una lucha en defensa de Dios" que incitaba a sacerdotes -al estilo Christian Von Wernich- a participar en la tortura y, a numerosos prelados, a propalar ingeniosas justificaciones inquisitoriales. Investigaciones posteriores aseguran que "solo cuatro de los más de ochenta miembros de la Conferencia Episcopal adoptaron una posición de denuncia pública de la represión ilegal".

"Los campos de concentración no son solamente una metáfora de la última dictadura militar, también representan su mundo ideal", afirma Finchelstein en el capítulo final de su obra. El exterminio, la desaparición, el racismo y el antisemitismo, aún la xenofobia, todo había sido anunciado desde mucho antes y ahora todo era verdad. Lo que se había gestado a partir de los tiempos de Uriburu llegaba a su culminación y era en los campos de concentración donde adquiría su punto máximo.

Los oropeles del Mundial 78 de fútbol intentaron sepultar las consecuencias de la feroz represión. Luego, "el paso de la guerra interna a la externa estuvo totalmente justificado por la ideología", deduce con acierto Finchelstein ante la invasión de Malvinas. La consigna "¡Dios y Patria o Muerte!", lema de los Comandos argentinos, ya no tuvo un valor meramente declamatorio. Uno de los más conocidos represores, Mario Benjamín Menéndez, convertido en gobernador militar de las Malvinas, consagró a la Virgen del Rosario como santa patrona de las islas.

Sin embargo, nada pudo impedir el desastre. Fuera de los campos de concentración la realidad fue otra y los designios ideológicos nunca pudieron ser cumplidos a cabalidad. La preocupación última del autor es hasta dónde, aún hoy, "la ficción nacionalista de la realidad" continúa siendo aceptada por la sociedad argentina. No le cabe duda de que la revelación de la verdad de lo acontecido ha desacreditado fuertemente al Ejército. Cree que no sucede lo mismo con la Iglesia, aún a pesar de la reciente condena a Christian Von Wernich.

LA ARGENTINA FASCISTA. LOS ORÍGENES IDEOLÓGICOS DE LA DICTADURA, de Federico Finchelstein. Sudamericana, Buenos Aires, 2008. Distribuye Random House Mondadori. 221 págs.

LOS ORÍGENES DEL FASCISMO ARGENTINO, de Leticia Prislei. Edhasa, Buenos Aires, 2008. Distribuye Océano. 188 págs.

Vigencia del demonio
Federico Finchelstein

NO ES TAN importante el legado de las acciones nacionalistas concretas en el pasado como sí lo es la hegemonía de las ideas nacionalistas en muchos ámbitos cotidianos del pensamiento argentino (en las canchas, con el racismo y la xenofobia frente a los inmigrantes, con la reivindicación patriotera de la mentada guerra malvinera, con la cuestión de la militarización de la seguridad). El egoísmo nacionalista, el sentimiento de superioridad con respecto a América Latina sigue existiendo en el pensamiento de la derecha argentina y en gran parte de la sociedad en su conjunto. Muchos argentinos discriminan a los inmigrantes y se sienten más "blancos" que estos. El antisemitismo no parece haber disminuido mucho después de la dictadura y sigue locamente en distintas fuerzas de seguridad, en la extrema derecha y en general en la mentalidad de una población que muchas veces la legitima con la ignorancia o la omisión. Por ejemplo, los atentados antisemitas de 1992 y 1994 (el atentado a la AMIA fue el ataque antisemita más nocivo en la historia del mundo desde 1945 en adelante) fueron posibles gracias a la colaboración de la así llamada mano de obra local desocupada por la abolición de los campos. Todas estas actitudes "nacionalistas" forman parte de un habitus, un sentido común y una forma de pensar y de proceder muy extendida en la cultura política argentina. Y esta cultura política tiene su origen en el nacionalismo de extrema derecha, el fascismo a la argentina. En este sentido el legado del nacionalismo objetivado en la dictadura sigue activo (...).

La dictadura no fue ajena a la sociedad que la engendró y la aceptó. Como sostiene Luis Alberto Romero: "Después de 1983, un coro unánime condenó al `demonio` que había usurpado los derechos de la `sociedad`, su víctima inocente. Pero ese demonio había surgido de la sociedad misma".

La sociedad prefiere no recordar su papel de pasividad en el mejor de los casos y de activa justificación en muchos otros. La vocación de reescribir la historia como ilustración de objetivos políticos, característica típica del nacionalismo, se ve sobrepasada por los hechos y en realidad termina ignorándola y olvidando el pasado. La historia se vuelve así parte de la conspiración contra la Argentina cristiana de siempre y la única postura posible es una mezcla de negacionismo y de "reconciliación", de clausura del pasado.

(En La Argentina fascista, págs. 199-201)

Campeones del 78
A. A.

EN OCASIÓN DE los treinta años del primer triunfo mundialista del seleccionado argentino de fútbol, el periodista Ricardo Gotta (Buenos Aires, 1957) realiza una detallada y polémica reconstrucción del proceso y de los hechos, privilegiando su interés en el contexto político y la incidencia directa de la dictadura militar. Presentado como una necesidad propagandística del régimen y un opio para la atención pública se revisa el torneo desde sus etapas previas de organización a través de personeros directos como López Rega y Emilio Massera, la creación del llamado Ente Autárquico Mundial 78, la formación del combinado, la personalidad del director técnico César Luis Menotti, cada uno de los partidos que enfrentó Argentina -con especial atención al partido contra con Perú-, la consagración y los rumores, comentarios y anécdotas que rodearon los hechos y que aún perduran.

El Mundial unió y dividió a los argentinos al mismo tiempo. Creó la disyuntiva entre la evidencia de que el triunfo de la selección beneficiaba a la dictadura y le otorgaba popularidad y el desahogo de una alegría colectiva entre tanto horror cotidiano. Generó también opiniones extremas como las de Osvaldo Bayer, exiliado en Alemania: "La única que ganó fue la dictadura y los intereses que la apoyaron. Veía por televisión a la gente en la cancha y pensaba en Rodolfo Walsh, Paco Urondo, Haroldo Conti…", notorios intelectuales desaparecidos; la del conocido relator de Radio Rivadavia José María Muñoz celebrando "una final en la que jugamos 25 millones de personas"; o la manifestada cinco años después por el último dictador, Reynaldo Bignone: "Nos equivocamos políticamente: deberíamos haber llamado a elecciones al día siguiente de ganar el Mundial 78".

Gotta tal vez no consiga otra cosa que arrojar nuevas sospechas sobre todo lo acontecido en aquel entonces, pero su libro conforma una vasta recopilación que cubre todas las zonas de información, enriquecida por entrevistas a varios jugadores peruanos realizadas tres décadas después. En sus páginas, el Mundial de 1978 en Argentina aparece como la proyección última del modelo concretado en el Mundial de Fútbol de 1934 en la Italia de Mussolini y en los XI Juegos Olímpicos de 1936 en la Alemania de Hitler: el gran evento deportivo para gloria del régimen.

FUIMOS CAMPEONES. LA DICTADURA, EL MUNDIAL 78 Y EL MISTERIO DEL 6 A 0 A PERÚ, de Ricardo Gotta. Edhasa, Buenos Aires, 2008. Distribuye Océano. 312 págs.

Por Alfredo Alzugarat – El Pais.
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