BIBLIA, libro mío, libro en cualquier tiempo y en cualquier hora, bueno y amigo para el corazón, fuerte, poderoso compañero. Tu desnudez asusta a los hipócritas y tu pureza es odiosa a los libertinos.

Gabriela Mistral

martes, 24 de febrero de 2009

CHILE: ¿Todos keynesianos?

Hacer, entonces, pasar la actual intervención clínica del Estado por keynesianismo es una falacia grotesca. Ni siquiera Friedman discutiría que el Estado debe asumir un rol activo en este momento. ¿Todos keynesianos, dicen? No, sólo los mismos de siempre.

Será verdad, como se ha dicho majaderamente en los últimos tiempos por el progresismo, que hoy todos son keynesianos? ¿Habrán cambiado definitivamente los paradigmas que definieron el modo de hacer economía en las últimas décadas? En otras palabras, ¿estaremos presenciando, como han vociferado algunos, “el fin de la era Regan”, el adiós de Hayek y Friedman?

Si estas preguntas le hacen sentido es porque desgraciadamente la crisis financiera nos ha sumido en un debate ideológico. Y es que la crisis ha dado, por fin, un motivo para celebrar a los nostálgicos del Estado; esos que después de la caída de los socialismos reales y la crisis de los estados de bienestar andaban de luto. En el mundo entero intelectuales y políticos progresistas apuntan con el dedo descalificando la “codicia” del capitalismo –pecado del que ellos, desde luego, se encuentran libres–; acusan, vaya ironía, de “dogmatismo ideológico” a los liberales y reaclaman con fervor casi religioso el regreso del Estado como principio rector de la economía.

La comparación del Nobel de Economía Joseph Stiglitz –un entusiasta de las reformas económicas del gobierno de Evo Morales– entre la crisis sub prime y la caída del muro de Berlín lo dice todo. Se trataría del fin de una ideología, la “neoliberal”, que habría comenzado en Chile con los Chicago boys para después ser adoptada por Reagan y Thatcher. ¿Pero tienen algún sustento las pretensiones ideológicas progresistas o se trata, más bien, de retórica apoyada en falacias? Vamos viendo.

Es verdad que los privados hoy en día recurren al Estado para ser rescatados –con platas que, dicho sea de paso, provienen de otros privados–, pero si lo hacen y si éste responde no es porque exista un cambio de enfoque ideológico respecto a su rol en la economía, sino por razones de contingencia económica estrictamente técnicas. El espíritu de la intervención no apunta, a diferencia de lo que pretende hacer creer el progresismo keynesiano, a que el Estado deba asumir de aquí en adelante un rol interventor permanente y, menos aún, a trascender del mundo financiero a los demás sectores de la economía.

Hacer, entonces, pasar la actual intervención clínica del Estado por keynesianismo es una falacia grotesca. Ni siquiera Friedman discutiría que el Estado debe asumir un rol activo en este momento. ¿Se acuerda de cómo el Estado asumió la deuda de la banca en Chile el año 82, cuando los Chicago boys estaban a cargo de la economía? ¿Será que en el fondo eran keynesianos?

Una segunda falacia consiste en atribuir a la “ideología neoliberal” la crisis financiera actual. Paul Samuleson, otro Nobel de Economía, ha acusado directamente al “ponzoñoso legado” de Hayek y Friedman por la crisis actual. Para Samuelson y el progresismo, detrás de la crisis se encontraría la idea “neoliberal” según la cual no hay que regular nada porque el mercado lo arregla todo solo. Pero resulta que la verdad es totalmente la inversa. Veamos qué dice Hayek: “la argumentación liberal no niega, antes bien afirma que, si la competencia ha de actuar con ventaja, requiere una estructura legal cuidadosamente pensada, y que ni las reglas jurídicas del pasado ni las actuales están libres de graves defectos”. O sea, Hayek sería el primero en proponer una regulación más inteligente y estricta para el sistema financiero. ¿Habrá sido él también keynesiano?

Nos queda todavía por resolver una tercera falacia de carácter histórico y que dice relación con el estrepitoso fracaso del keynesianismo. Si Friedman y Hayek pudieron destronar a Keynes fue, precisamente, porque sus recetas estatistas condujeron a situaciones desastrosas de inflación y bajo crecimiento, tal como ellos habían predicho. ¿Se acuerda de la “década perdida” en América latina? Bueno, ahí estuvieron los keynesianos.

Si hasta el mismo Keynes se había propuesto revisar sus teorías, lo que no alcanzó a hacer antes de su muerte en 1946. Lamentablemente, su “legado ponzoñoso” no ha desaparecido del todo. Lo que sí hay que reconocerle a Keynes es que era menos keynesiano que sus seguidores. Preguntado alguna vez por Hayek sobre si no le preocupaba lo que los gobiernos y economistas estaban haciendo inspirados en sus doctrinas, simplemente contestó: “ah, son unos tontos”.

¿Todos keynesianos, dicen? No, sólo los de siempre, esos que jamás han logrado entender que, como enseñó Hölderlin, lo que ha hecho históricamente del Estado un infierno sobre la Tierra es, precisamente, que el hombre ha intentado hacer de él su paraíso.

Por Axel Kaiser

Fuente: Revista Capital.
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