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Gabriela Mistral

domingo, 3 de agosto de 2008

Elecciones y políticos populosos.


Que la elite política en general y transversalmente acepte y se someta a estos juegos de popularidad puede ser indicador de un fenómeno bastante serio, a saber, que se está ante un proceso abierto de obsolescencia de las actuales elites y que la política, formalizada al extremo, se usa, principalmente, como recurso de supervivencia corporativa de esas mismas elites.


Ya se sabe: Chile es el país de los hitos, de los "momentos históricos", de los "eventos decisivos". A partir de esa mitología tenemos ad portas un nuevo hito: las elecciones municipales de octubre próximo.

Si se presta atención a declaraciones de dirigentes partidarios, a comentarios de analistas de prensa y televisión, a presidenciables o semi-presidenciables, se podrá apreciar que las citadas elecciones son consideradas un evento clarificador de todo y el punto de quiebre para adoptar decisiones (históricas, por supuesto)

La realidad es que de ninguna manera el acto electoral venidero va a esclarecer radicalmente los escenarios políticos y menos va a desenmarañar los enredos de partidos y coaliciones. Hasta podría ocurrir lo contrario.

Más que conservador, Chile es un país políticamente inerte. Si se mueve es porque existe una suerte de inercia histórica y los movimientos inertes son parejitos, sin sobresaltos. En consecuencia, si algo cambia con las elecciones comunales será dentro de los parámetros que fija la estabilidad de lo inerte.

Es esta característica de la política nacional la que explica los escándalos, el sinfín de pronunciamientos, los sesudos análisis, la cobertura mediática que produjo la "épica" del jarrón con agua. Tal acontecimiento "histórico" no estaba previsto por el conservadurismo inerte.

Lo dicho hasta aquí no implica desconocer que el torneo electoral venidero despierte, legítimamente, un particular interés. Será una elección municipal comparativamente inédita.

Nunca, como ahora, los síntomas de declinación de la Concertación habían sido tan evidentes. Ni tampoco, nunca como hasta ahora, la Alianza se había acercado tanto a conductas unitarias y a un muy buen manejo de sus discrepancias y conflictos.

Es primera vez, por otra parte, que la Concertación enfrenta una elección de este tipo sin uno o más liderazgos categóricamente aglutinadores de su universo plural y con grados de popularidad elevados y superiores a los contendores de derecha. Salvo en las elecciones de 2000, cuando la popularidad de Joaquín Lavín todavía no decaía. Pero con la diferencia que esa elección estaba muy distante de la presidencial, por lo que no tenía igual trascendencia que la que se avecina.

Vinculado a lo anterior hay otra originalidad y, más encima, dual: en la campaña estarán ausentes los liderazgos más importantes y potenciales presidenciables del ala izquierda de la Concertación (léase, Ricardo Lagos y José Miguel Insulza) y sí estarán presentes, activos y rivalizando, las figuras presidenciables de la DC, o sea, Soledad Alvear y Eduardo Frei.

Es inédito también que en esta elección compitan organizadamente las escisiones que han sufrido dos partidos de la Concertación. Agrupamientos que tienen como verdadera e inconfesa "doctrina", "programa" y "estrategia política" la destrucción de la Concertación, pues sólo sin su existencia pueden sobrevivir sus liderazgos.

Por último, habría que agregar a este breve listado de situaciones peculiares el curioso invento de Pepe Auth, avalado y patentado por el girardismo, y que consiste en dividir a la Concertación en dos listas para competir sobre un mismo universo, el que, a su vez, no sería un solo universo, sino múltiples partes independizadas. ¡Ni Hegel era tan dialéctico!

Todas estas situaciones nuevas, y algunas curiosas, configuran un cuadro difícil de asir y de compenetrarse en él para intentar comprender porqué a las elecciones de octubre se le asignan virtudes iluminadoras.

Esto de buscar y querer encontrar respuestas sobre cuestiones trascendentes en un sólo hecho político, y además cuantificable, nos habla del deterioro de la calidad de la política nacional y del abandono que ha hecho el político de la condición de dirigente proyectivo.

En efecto, lo que está en el trasfondo es que a la elección municipal se la piensa y se la va a leer como una encuesta, y se van a tomar decisiones sobre la base de una lectura pasiva de sus resultados.

Es evidente que cualquier elección es un antecedente relevante para definiciones políticas y de estrategia. Lo que es un mal síntoma es autonomizar esa variable y derivarla en factótum que subsume las restantes variables que deben conformar un proyecto político. Esa lógica conduce a la despolitización de la política, en sentido que ya no es su racionalidad el factor principal en la toma de decisiones, sino un conjunto de instrumentos y formalidades que construyen "productos" (léase, políticos) populosos, pero no dirigentes políticos.

Que la elite política en general y transversalmente acepte y se someta a estos juegos de popularidad puede ser indicador de un fenómeno bastante serio, a saber, que se está ante un proceso abierto de obsolescencia de las actuales elites y que la política, formalizada al extremo, se usa, principalmente, como recurso de supervivencia corporativa de esas mismas elites.

Por Antonio Cortés Terzi
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