BIBLIA, libro mío, libro en cualquier tiempo y en cualquier hora, bueno y amigo para el corazón, fuerte, poderoso compañero. Tu desnudez asusta a los hipócritas y tu pureza es odiosa a los libertinos.

Gabriela Mistral

jueves, 21 de agosto de 2008

Oscar Guillermo Garretón - Un país está terminando.


En este último tiempo, entre algunos concertacionistas cunde la ceguera de renegar de lo hecho o escapar de ello. Es curioso. Significa renegar de sí mismos, de 20 años que representan un porcentaje importante de su vida como personas y partidos y, por cierto, del mayor período en que han sido ininterrumpidamente gobierno. ¿Van a decir que nunca estuvieron de acuerdo? ¿Qué fueron arrastrados por 20 años a hacer lo que no querían? ¿Con esos pergaminos apuestan a pedir apoyo ciudadano para que los unjan como dirigentes? ¡Por favor!

Sería comprensible si se tratara de una retahíla de gobiernos fracasados. Pero no. Los avances han sido impresionantes en crecimiento, en disminución de la pobreza, en protección social, en inserción privilegiada en los mayores mercados del mundo, en generación de empleos, en cambio cultural y tanto más. El pueblo lo ha apreciado, si no, ¿de dónde 20 años en el poder? El mundo lo ha celebrado sin recatos. Ese mismo mundo al que Pinochet nunca pudo salir y esa misma América Latina con la cual a veces consideramos casi despreciable compararnos, pero de la cual somos parte.

No comparto su actitud, pero sí la convicción de que Chile necesita cambiar. No por sus fracasos, sino por todo lo contrario: por sus éxitos, y también porque el mundo cambió.

No es un gobierno, sino un país el que está terminando. Ante esto no todos reaccionan igual. Cada uno tiene razón en pensar que ha llegado su hora. Pero no todos son constructores de futuro. Equivocarse en esto marca una diferencia de porvenir. Desde hace muchos años que los planes y proyectos para el mañana no eran tan importantes como ahora. Continuar, profundizar e incrementar tiene menos requisitos que pensar un país que se renueva a partir del punto al que hemos logrado llevarlo. De cómo optemos dependerá el futuro. Chile debe cambiar, y sólo un ciego puede creer que eso es sinónimo de la alternancia política entre fuerzas tan manifiestamente insuficientes. Ni siquiera es un mero cambio en el poder político. Es algo más profundo.

Cuando se alcanzan las metas, ya no puedes seguir en lo mismo. Menos si el mundo cambia tanto o más vertiginosamente que nuestro país. Un cambio del mundo, de cultura y aspiraciones funda una urgencia por mejor educación. En prosperidad, las desigualdades provocan menos tolerancia que en pobreza. El cuidado del medio ambiente gana importancia cuando el mundo se alarma y los consumidores comienzan a exigirlo. Hay crisis energética porque el consumo residencial y el empresarial rugen por más energía, y no previmos bien el futuro. Irrumpe una juventud más formada e informada. Los que dejaron de ser pobres no quieren volver a serlo, ni dejan de soñar en subir otro escalón. Los consensos en torno a una economía de mercado, aunque amplios, se han debilitado. Nuestro modo de inserción en el mundo global da señas de perder dinamismo y requiere cambios.

Las apuestas del 90 se han hecho exitoso pasado. Hay que hacer nuevas. Flaquean las antiguas, su institucionalidad pública, al igual que las actuales alianzas y partidos. Algo no muy distinto ocurre con los empresarios ya consagrados, comprensiblemente más obsesionados en mejoras incrementales y en replicar lo que saben en otras latitudes que en emprender apuestas nuevas: una distinta generación emprendedora precisa desplegar alas. Nuevas subjetividades sociales y culturales interpelan a proyectos políticos y organizaciones. Nuevos liderazgos se insinúan: cuando un largo ciclo termina, la presión no es por reacomodar liderazgos, sino por reemplazarlos.

El futuro será distinto. Todo el que desee algo más que sufrirlo debe sacudirse el sopor. Cierto, mucha pirotecnia, oportunismo y confusión son inherentes a coyunturas como éstas. La respuesta requiere liderazgos que se propongan superar el agotado orden establecido nacional con propuestas y consensos nuevos. Es tiempo de cambio, y no sólo en la política. Tengo anhelos de optimismo, pero el porvenir es siempre incierto.

Por Oscar Guillermo Garretón.
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