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Gabriela Mistral

domingo, 7 de septiembre de 2008

CHILE: La desconocida historia del mentor de Michelle Bachelet.


El médico Carlos Lorca, presidente de la JS a principios de los 70 y opositor a la vía radical que proponía Carlos Altamirano, marcó a una generación de jóvenes socialistas como Camilo Escalona o Michelle Bachelet. Con la mandataria hicieron trabajos partidarios en la Facultad de Medicina y siguieron en contacto después de que él pasó a la clandestinidad. Su historia -desde su niñez hasta su desaparición en un centro de detención de la DINA- se recoge en la primera biografía sobre él que se lanzará a fin de mes.
Michelle Bachelet sabìa que no podía perder de vista al médico Carlos Lorca mientras ella cumpliese la tarea de ser su "sombra". En eso consistía justamente esa labor: acompañar a metros de distancia y en forma anónima a uno de los hombres más buscados por los organismos de seguridad del régimen militar. La presidenta tenía entonces 22 años, sin embargo aceptó esta misión de velar por la integridad de Lorca y de otros compañeros del Partido Socialista que se encontraban clandestinos. Incluso, en alguna ocasión ella ofició también de "chofer" para trasladarlo de un lugar a otro en Santiago y fue, además, uno de los pocos "enlaces" que tuvo acceso a la casa de seguridad de Chile España -una discreta casa blanca de ladrillo-, donde el médico se refugió junto a otros dirigentes de la cúpula del PS que permanecieron en el país tras el golpe militar.

En esa época, con solo 28 años, Carlos Lorca era el segundo hombre más importante del Partido Socialista en la clandestinidad. Michelle Bachelet, por su parte, era una militante comprometida con la supervivencia de quien consideraba un amigo y probablemente el personaje más crucial en su formación política. De hecho, desde que asumió la Presidencia ha reconocido varias veces su respeto por la figura del doctor Lorca e incluso ha confesado que su hijo mayor se llama Sebastián porque ésa era la chapa de seguridad que su mentor usaba en la clandestinidad antes de que fuera apresado por la DINA en 1975 y, dos años después, se perdiera su rastro. Carlos Lorca hoy forma parte de la lista de detenidos desaparecidos.

La biografía más completa que se ha escrito sobre él se lanzará a fines de septiembre, y hasta la propia presidenta Bachelet -según aseguran en el PS- habría manifestado su interés en asistir. Titulado "Lorca, de la Reforma Universitaria a la Lucha Antidictatorial", el libro escrito por el periodista Juan Azócar reconstruye el liderazgo que el militante socialista ejerció en la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, el ascendiente que tuvo sobre la actual mandataria y se explaya en la visión política "mesurada y reflexiva" que él tuvo casi en solitario dentro del PS, que en ese momento llamaba al gobierno de Allende a "Avanzar sin Transar".

El texto también aborda las diferencias irreconciliables que Lorca enfrentó con la dirigencia del PS, encabezada por Carlos Altamirano, y los difíciles meses de vida clandestina que antecedieron a su reclusión en Villa Grimaldi y en Colonia Dignidad. Para el autor de la investigación, lnvergadura de este personaje no se correspondía con la limitada bibliografía que existía de él: "A pesar de haber sido una figura importante y contemporánea por ejemplo a Miguel Enríquez, sólo existían pedazos de su historia y no un estudio profundo de él".

De la lucha a la moderación

Carlos Lorca, nacido en 1945, no tenía las cualidades propias de un líder político. No era carismático ni seductor, sino más bien tímido y parsimonioso. Según el libro biográfico, los rasgos que distinguieron su personalidad ya se revelaban en su adolescencia, cuando era un estudioso alumno del curso de Educación Cívica que impartía Patricio Aylwin en el Instituto Nacional. Sus compañeros aún recuerdan cuando dejó atónito al ex presidente con una disertación en clases sobre teoría marxista. Tenía sólo 13 años, pero manejaba ciertos temas con profundidad debido a que dedicaba gran parte de su tiempo libre a la lectura.

Según el texto de Azócar, su asma crónica y su contextura delgada lo orientaron poco al deporte y más a desarrollar su intelecto con una intensidad mayor a la de sus pares en el colegio. Su padre, un ingeniero de buen pasar económico que vivía con su familia en Macul, se sentía orgulloso por el buen rendimiento académico que tenía el mayor de sus cinco hijos. Llamaba la atención que, a tan corta edad, tuviera tanto interés en la actividad política. En 1958, el mismo año que sorprendió al profesor Aylwin en clases, Lorca siguió con la atención de un adulto el curso de la elección presidencial en que debutó Salvador Allende. Por supuesto que apoyaba al candidato del Frente de Acción Popular (FRAP).

En 1962, ingresó a Medicina a la Universidad de Chile. Por entonces simpatizaba con las posiciones más radicalizadas del PS que propiciaban la lucha armada, por lo cual en 1968 se sumó a la fracción del partido conocida como "Los Elenos", que entonces estaba inspirada en la guerrilla que impulsaba el Che en Bolivia. Lorca estuvo a punto de partir a ese país para integrar el equipo que asistía a los sobrevivientes del movimiento insurgente que había liderado el guerrillero. Al final, debido al declive de la organización, desistió de esa aventura. Ese año, además, contrajo matrimonio con la estudiante de Enfermería Gabriela Bravo, lo cual también influyó en no emprender el viaje.

Su paso por el ala más extrema del PS fortaleció su amistad con Beatriz "Tati" Allende, quien era un cuadro político importante dentro de "Los Elenos". Sin embargo, la hija menor y más cerca al ex mandatario socialista lo había conocido antes, mientras ambos estudiaban Medicina.

Imbuido en la efervescencia del proceso de reforma que se tomaba las universidades de todo el mundo, y con un discurso que apelaba a una revolución profunda del sistema educacional, Lorca arrebató en 1969 a la DC la presidencia histórica del Centro de Alumnos de su facultad. Simultáneamente, asumió como vocal de la FECH, donde se transformó en un entusiasta promotor del programa de la Unidad Popular. Progresivamente fue abandonando su postura proclive a una línea insurreccional hacia la "vía electoral" que propiciaba el gobierno de Allende.

En agosto de 1971 se transformó en el nuevo secretario general de la Juventud Socialista y reforzó su posición moderada: se alejó en forma irreversible de la opción radical que defendía el secretario general del PS, Carlos Altamirano. Así, la JS bajo su dirección profundizó sus diferencias con el partido. El actual vicepresidente del PS, Ricardo Solari, perteneciente también a la generación marcada por el liderazgo de Lorca, dice que la Juventud Socialista formó "una fisonomía propia, singularmente cercana al presidente Allende y, en muchos aspectos, disonante de la dirección que encabezaba Carlos Altamirano".

El senador Camilo Escalona, quien reconoce a Lorca como uno de sus mentores políticos, dice que la verborrea revolucionaria molestaba mucho al médico: "Hablar de incendiar el país, como se hizo en el Estadio Chile el 9 de septiembre de 1973, era algo inaceptable para él. Consideró que era una provocación que no debió hacerse".

El militante severo

En una carta que envió a Carlos Altamirano en 1971, Lorca fue muy claro: "Nuestro partido está lejos de ser el partido que dirigió la revolución bolchevique, muy lejos de ser una auténtica vanguardia revolucionaria". Además, acusaba a algunos militantes socialistas de usufructuar de cargos públicos en beneficio personal y amenazaba con que la "Juventud sería inflexible en denunciar todos estos casos a la Comisión de Control y Cuadros".

En esa época viajó a Cuba, donde conversó con Fidel Castro en La Habana. Inmediatamente tras su regreso, expulsó a un grupo de militantes radicalizados de la JS. Era la cara más severa de un Lorca que, pese a su carácter afable y una visión política ponderada, muchas veces sorprendió con su dureza doctrinaria. Algunos lo tildaban a sus espaldas de pro-comunista, pero él no se sentía aludido. Incluso, en su viaje a la Unión Soviética se sorprendió cómo ocultaban la figura del Che. Y cuando allí conoció una escultura de Joseph Stalin que tenía la vista fija en el piso, dijo -medio en broma, medio en serio- que parecía como si estuviera arrepentido de su pasado.

En lo que sí hay coincidencia es en la alta exigencia que imponía a los militantes de la JS. En 1970, por ejemplo, se formó una brigada de propaganda en la Facultad de Medicina que estaba integrada, entre otros, por la actual mandataria, quien ese año había ingresado a la universidad. Al igual que Lorca -que cursaba sus últimos años-, los jóvenes del grupo debían pintar murales en la noche y visitar los barrios populares para sumar adherentes a la UP. La biografía consigna que "Lorca era uno de los más entusiastas y participaba sin chistar en todas las acciones, aunque estuviera repleto del pruebas". Él también seleccionaba a los militantes mejor preparados para que oficiaran de instructores, entre los que estuvo Bachelet durante un tiempo. Lorca además envió a muchos jóvenes a estudiar a Cuba, a la RDA y a la Unión Soviética, lo cual abonaba los rumores de sus críticos acerca de una solapada conducta procomunista.

Vaticinio cumplido

Carlos Lorca tuvo una relación privilegiada con el ex presidente Allende, a quien conoció previo a su llegada a La Moneda. Su hija Beatriz los presentó varios años antes y la afición de ambos por el ajedrez estrechó el vínculo. De hecho, el mandatario lo invitaba a jugar algunas partidas al palacio presidencial o a su casa de El Cañaveral. En esas reuniones también hacían análisis de coyuntura, según cuenta Juan Azócar, pues el mandatario tenía mucha confianza política en el entonces secretario general de la JS.

Allende sentía simpatía por la condición de médico de Lorca y por la lealtad que él había expresado hacia su gobierno. Testigo de esa relación fue el senador Camilo Escalona, quien recuerda cuando en 1972 Lorca solicitó una audiencia con el mandatario en La Moneda para presentarlo a él como candidato de la izquierda a presidir la Federación de Estudiantes Secundarios (Feses). Escalona cuenta que el médico lo promovió con mucho ímpetu, pero que Allende no se mostró muy convencido. "No sé por qué, tal vez yo usaba el pelo muy largo en ese tiempo y no tenía mucha pinta de candidato", señala con humor.

El ex presidente fue uno de los principales promotores de la candidatura a diputado de Carlos Lorca por Valdivia. Según su biografía, en la zona estimaban que él era una mala opción por su "timidez y parsimonia", sin embargo ganó con holgura la elección de marzo de 1973 gracias a una intensa campaña donde participaron Michelle Bachelet, Ricardo Solari y Beatriz Allende.

En las semanas previas al 11 de septiembre, Carlos Lorca sintió la soledad política que vivía en su partido. Como representante de la tendencia minoritaria dentro del Comité Central, no encontró eco a su preocupación por la inminencia con que avizoraba el golpe militar. Su temor aumentó cuando el general Carlos Prats renunció a la Comandancia en Jefe del Ejército. En su biografía se relata que ese día de agosto de 1973, Lorca recibió un llamado de Beatriz Allende para advertirle que Prats estaba en La Moneda y que la expresión de su rostro hacía presagiar el peor escenario para su padre. Lorca decidió ir hasta allá para convencer a Prats. Sin embargo, cuando llegó a La Moneda el militar le anunció que ya había informado de su decisión indeclinable al presidente Allende. Minutos después, Lorca haría un presagio estremecedor a Escalona, quien lo había acompañado ese día. "Mientras caminábamos por la calle San Martín, recuerdo claramente que Carlos me dijo que con la salida de Prats el golpe era inevitable y la dictadura será muy larga", dice el senador.

Menos de dos semanas después, su vaticinio se cumplió. El 11 de septiembre encontró a Lorca en la casa de sus suegros, después de un largo viaje de Valdivia. Según su biografía, lo primero que hizo esa mañana fue dirigirse a la sede de la JS para eliminar documentos y dar las primeras instrucciones a los militantes reunidos allí. Luego pasaría por el Liceo de Artes Gráficas de Gran Avenida y, desde el techo, presenciaría el bombardeo a La Moneda. Ricardo Solari estaba con él en ese momento. "La sensación que tuve es que Carlos le atribuyó a ese hecho un poder premonitorio de lo que sería la dictadura", dice el actual vicepresidente del PS.

Clandestino

Carlos Lorca pasó a la clandestinidad en las horas posteriores al bombardeo de La Moneda. Se afeitó la barba colorina que lo hacía fácilmente identificable como parlamentario y adoptó la chapa de Sebastián. Días después decidiría quedarse en Chile para rearticular desde aquí una oposición al gobierno militar. Tomó esa opción en forma voluntaria y, según consigna el libro, con la casi certeza de que no saldría vivo. Para Solari, su decisión fue un "ejercicio de coraje y de valentía mayor".

En los casi 19 meses que pasó escondido en distintas casas de seguridad, Lorca vivió en condiciones muy difíciles, sin poder ver a su familia y, a veces, con una situación económica precaria. En la investigación de Juan Azócar, hay testimonios que revelan que algunos dirigentes clandestinos no contaban con dinero ni para pagar un boleto de micro. Incluso, esa precariedad se atribuye a la disputa que existía con la jerarquía del PS radicada fuera de Chile. Las profundas diferencias políticas entre Lorca y Carlos Altamirano se agudizaron con la fuerte crítica que el médico hizo a la responsabilidad del partido en los hechos que precipitaron el golpe militar. Además, Lorca propiciaba entonces la unidad con la DC para crear un frente antifascista. Quien llevó el documento con esas ideas a Erich Schnake, preso en ese entonces, fue Michelle Bachelet. Hasta su propia detención en enero de 1975, ella colaboró como correo y enlace de la cúpula del PS.

¡Es Lorca!, ¡es Lorca!

El 25 de junio de 1975 Carlos Lorca vivió sus últimas horas en libertad. Ese día se dirigió hasta la casa de calle Maule, en el centro de Santiago, donde se refugiaba en forma ocasional para eludir la persecución que sufría la dirigencia del PS en la clandestinidad. Según su biografía, mientras caminaba hacia su destino el médico no se percató de la camioneta C10 ni de los Fiat 125 que rondaban en las inmediaciones a la espera de su captura. Además, el banderín del Club Deportivo Audax Italiano instalado en una de las ventanas de la casa como "señal de normalidad" seguía intacto. Yolanda Abarca, ayudista de los dirigentes socialistas en la casa de Maule 130, no había alcanzado a retirarlo antes de la llegada de Lorca, pues los cuatro agentes de la DINA que lo aguardaban en la vivienda le prohibieron moverse durante las seis horas que permanecieron ahí. A las tres de la tarde, dice su biografía, se produjo lo inevitable: "El arribo de Lorca y el de su enlace (Carolina Wiff) a la ratonera montada por la DINA.(….)Yolanda recuerda que el dirigente sólo les dijo: 'Mi nombre es Carlos Lorca, soy su prisionero de guerra'".

Una hora después llegó esposado hasta Villa Grimaldi. La conmoción que causó su captura entre los agentes de la DINA aún es recordada con nitidez por otro de los detenidos en el recinto, quien relata en el texto de Azócar: "Ingresó un gran número de vehículos que tocaban sus bocinas y se oían carreras y gritos insistentes de ¡Es Lorca¡, hueón, ¡cazaron a Lorca!".

Con posterioridad, varios prisioneros declararon haberlo visto en ese centro de detención en condiciones físicas muy débiles debido a las sesiones de tortura. Uno de los últimos personajes en verlo con vida fue Juan Muñoz Alarcón, apodado el "encapuchado del Estadio Nacional". Según su versión, en octubre de 1977 -dos años después de su detención- vio a Lorca al borde de la locura producto de los apremios físicos y sicológicos padecidos durante su cautiverio. Después de eso, se acaban las pistas de su paradero.

Por Claudia Farfán – Revista Que Pasa.
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