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Gabriela Mistral

lunes, 15 de septiembre de 2008

CHILE: Por qué la elite está pesimista – Eugenio Tironi.


Eugenio Tironi, presidente ejecutivo de Tironi Asociados....

"Respecto a su vida privada la gente no está pesimista. Donde hay pesimismo es respecto a esa entelequia que llamamos país".

-¿A qué atribuye el pesimismo imperante en Chile?
-¿Qué pesimismo? Creo que respecto a su vida privada la gente no está pesimista. Al contrario: está llena de planes y expectativas. Donde hay pesimismo es respecto a esa entelequia que llamamos país, que se hace cada vez más incomprensible e inabordable para el común de los mortales. Las vidas personales se desacoplaron del país: esto es lo que pasa. En lo íntimo estamos bacán; en lo otro han muerto las ilusiones (especialmente después del Transantiago), y por ende, lo que hay es escepticismo e indiferencia.

-¿El pesimismo es propio de la idiosincrasia histórica de nuestras élites o más bien responde a una situación coyuntural?
-Nuestras élites tienen muchos pecados, pero entre éstos no está el pesimismo. Al contrario: han dado muestras de comprarse cuanto cuento anda por ahí, creer en ellos a pie juntillas y empujarlos con un voluntarismo que es objeto de envidia en muchas partes. Para no ir más lejos, miremos lo que fue La revolución en libertad, la Vía chilena al socialismo, El ladrillo de los Chicago Boys, la transición a la democracia, o la globalización de Chile. ¿Podemos llamar a esto pesimismo? Para nada. Nunca me he tragado eso de que nuestra élite sería maníaco-depresiva. Pasa por valles, no hay duda; pero son bastante coyunturales, y se repone rápido.

-¿Cuánto influye la crisis de liderazgo político actual en el pesimismo?
-Mucho. O mejor: totalmente. La élite no ha cumplido con el rol primario de cualquier liderazgo: mantener vivo el nexo entre la vida íntima de las personas (sus afectos, sus experiencias, sus ilusiones) y la cosa pública (la política, las instituciones, el Estado, el gobierno, el país). Ambas dimensiones están divorciadas. Esta última se presenta como un artefacto destinado a dar de vivir y a proteger a las élites, mientras la vida de las personas se refugia en sus relaciones más cercanas, en especial la familia. Esto que ocurre con las personas, ocurre también con las empresas, las universidades y todo tipo de organizaciones de la sociedad civil: se han desentendido de lo que dice relación con la creación y gestión del orden social. Esta situación revela un fracaso fenomenal del liderazgo político; y conduce por cierto a un clima pesimista y escéptico respecto a los proyectos colectivos de cualquier tipo.

- Este país ha mejorado sus índices económicos y sociales en los últimos 20 años. ¿A qué se debe que, estando mejor que nunca, campee el pesimismo?
-Ya dije que, en lo que respecta a la vida particular de las personas, de las empresas, de las organizaciones, no me parece que reine el pesimismo. Éste surge cuando se habla del país. Ahora bien, respecto a los índices económicos, éstos tienen luces y sombras. Producen orgullo, identidad, placer, pero a la vez cansancio, pues reposan en largas jornadas de trabajo, en un clima de alta inestabilidad, en un ambiente de fuerte competencia; reposan, en suma, sobre altas dosis de angustia, de soledad y de estres. Por otro lado surge la pregunta de cómo mantener tales índices (vitales para el confort material y emocional de los chilenos y chilenas de hoy) ante las amenazas de la inflación y la desaceleración del crecimiento económico. No sé si es propiamente pesimismo; pero lo cierto es que ese cóctel produce inquietud.

-Ambas coaliciones políticas -tanto Concertación como Alianza- se ven enfrentadas a bajas cifras de apoyo en las encuestas. ¿Hay una crisis de representatividad que influye en la percepción negativa de las personas sobre quienes dirigen el país?
-Definitivamente sí. Ambas coaliciones nacieron en un Chile muy distinto al actual. Lo hicieron cuando unos teníamos miedo a la dictadura y al mercado, y otros al marxismo y al Estado. Hoy los miedos son otros: son a la inflación, a la enfermedad, a la delincuencia y a la soledad. Comenzamos a tener los males del desarrollo antes de haberlo alcanzado. Ahora bien, no creo que las coaliciones, como tales, puedan hacerse cargo de estos miedos. Esta es función más bien de los liderazgos personales.

Por ahí hay que buscar. Las coaliciones sólo ponen la escenografía.

-¿Estamos realmente enfrentados a un cruce histórico complejo o más bien esto es una narración inventada desde la elite para expresar su disconformidad?
-Decir que algo es de la élite y no de la sociedad no tiene sentido, pues las élites son tales precisamente porque moldean en parte a la sociedad -o quizás sea mejor decir que la estilizan-. Ahora bien, es cierto que la élite política anda de disconforme por la vida: la de la Concertación porque en su mayoría siente que el tiempo se le termina y que no logró construir el Chile de sus sueños -que sería, según dicen, muy distinto del que han venido armando-; y la de la Alianza porque está cada vez más carcomida por la impaciencia de llegar al poder, lo que la ha vuelto irritable a grado extremo. Y también es cierto que este ofuscamiento de las élites políticas, que las lleva a estar concentradas casi exclusivamente en sus propias querellas, crea un clima social negativo, que nutre ese pesimismo sobre el país del que hablábamos. La clase política, en suma, es directamente responsable de ese pesimismo.

-Más de una vez se ha dicho que este país cambió culturalmente y que el mejor ejemplo de eso es la elección de Bachelet. Es más: se habló de un cambio sin vuelta atrás. ¿Los actuales estados de ánimo son reflejo de la confusión e incertidumbre respecto de quién queremos que nos gobierne: el estilo ciudadano, el autoritario, etc?
-Hay algo de esto. Yo recuerdo que estando en educación media, a fines de los 60, a mi colegio le dio con realizar planes experimentales. Uno de ellos fue la "autodisciplina", que entre otras cosas significaba que los profesores se retiraban al momento de las pruebas, y era responsabilidad de cada uno si copiaba, si sacaba su cuaderno o su libro, o si resistía esas tentaciones y hacía la prueba como Dios manda. Era desgarrador, tanto en lo personal como en lo grupal, pues al interior del curso se producían fuertes conflictos sobre qué hacer con la libertad que sorpresivamente se nos otorgaba. En perspectiva, pienso que este experimento nos marcó a todos positivamente; pero en su momento la verdad es que lo único que queríamos es que volviera el profesor, y con él una disciplina externa a nosotros mismos, ante la cual o nos sometíamos o nos rebelábamos, pero sin pasar por el desgarro de la "autodisciplina". Pienso que algo parecido nos está pasando como país.

Hemos pasado por un período caracterizado por una débil autoridad externa, normativa, castigadora, y por la promoción de la expresividad, la participación y la movilización. Esto será recordado como un punto de quiebre que nos hizo madurar como personas y como sociedad -en cierto sentido, pasar de la adolescencia a la adultez-; pero ahora, por lo menos, todo eso nos tiene un poco cansados y asustados de nosotros mismos, pues hemos descubierto que no éramos tan nobles como nos imaginábamos.

-¿Qué discurso de futuro se requiere hoy para superar el pesimismo?
-Primero lo que dije antes: para decirlo crudamente, más normas y menos participación. Lo segundo, me parece que estamos ante un cambio de ciclo. Si ayer estábamos agotados de un discurso grandilocuente y de planes faraónicos, y queríamos un estilo más doméstico, más humilde, más concreto; hoy resulta que estamos aburridos de todo esto, pues se vuelve agobiadoramente trivial. Sucede como esos días domingo que uno esperó con ansias para zambullirse de lleno en la vida cotidiana, pero que al final espera que terminen pronto porque ya no soporta seguir cocinando, limpiando y lavando platos, y lo que añora es la fría, impersonal y reglamentada vida de lunes a viernes en el trabajo. En el ciclo que se abre, entonces, lo que se espera son horizontes, promesas, sueños que a uno le permitan sobreponerse de las miserias inevitables de la vida cotidiana, de la vida doméstica. "Menos realidad, más promesas"; "menos medidas, más propósitos"; "menos presente, más futuro". Esto es lo que hoy se le demanda al discurso de las élites.

-¿Cuánto influye en el pesimismo la percepción de que el establishment tiene pocos incentivos para mejorar las debilidades de este país? ¿Hay una puja de una nueva élite, que enarbolando las banderas del inconformismo, busca suceder a la otra?
-Es cierto que la élite chilena vive con un confort descomunal, pues posee aún los privilegios que le otorga una sociedad tradicional (como los servicios personales a bajo precio), pero cuenta a la vez con todos los artefactos que le ofrece la sociedad moderna. Pero de ahí a decir que es indiferente a las debilidades del país o que no está interesada en corregirlas, creo que es ir demasiado lejos. Si uno ve las universidades, las empresas, las ONG, el mundo del arte y la cultura, se descubre que ahí hay élites dinámicas, creativas, disciplinadas y sanamente disconformes. Estas élites están cada vez más disociadas de la cosa pública; vale decir de la política. Si surge una nueva élite, ésta será más intimista y menos pública, menos política. Aquí tenemos un problema, que la actual clase política hace a su vez poco por subsanar.

-¿Existe acaso un agotamiento de los proyectos que han gobernado este país en los últimos 30 años?
-Sí, ya lo dije antes. Pero no creo que vaya a aparecer un mesías o un nuevo proyecto de las nubes. Somos una sociedad demasiado estructurada para eso -en buena hora-. Es desde dentro de las coaliciones actuales desde donde debiera emerger (asumiendo las rupturas que correspondan) una propuesta nueva, que levante una nueva parusía, que nos conmueva con un nuevo relato, que nos agrupe otra vez como comunidad de propósito.

-¿Usted milita en el bando de los optimistas o pesimistas?
-De los optimistas. Autocomplaciente hasta la muerte. Yo estaría preocupado si las vidas privadas de los chilenos fuesen cada vez más frustrantes y más miserables, mientras en su entorno (en el país) las cosas estuviesen relucientes. Pero las cosas son al revés. Hay una gran vitalidad comprimida; sólo falta tiempo, más la ayuda de un buen liderazgo, para que ella irrumpa en el ámbito público. Pero ese día llegará, más temprano que tarde.

-¿Estamos para sicólogo, siquiatra o siconálisis?
-Para sicoanálisis no: no tenemos ni tiempo ni paciencia, ni quizás la capacidad para enfrentar todos nuestros fantasmas. Quizás para siquiatra: no necesitamos demasiadas diagnósticos y racionalizaciones, sino el fármaco adecuado que estabilice nuestro ánimo para seguir el camino que traemos, que entra ahora en la parte más dura y solitaria.

Fuente: Revista Que Pasa.
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