BIBLIA, libro mío, libro en cualquier tiempo y en cualquier hora, bueno y amigo para el corazón, fuerte, poderoso compañero. Tu desnudez asusta a los hipócritas y tu pureza es odiosa a los libertinos.

Gabriela Mistral

miércoles, 10 de junio de 2009

CHILE: La siesta del red set - De la incomodidad al fin de la culpa.

¿Cuán profunda es esta escisión en el seno del red set? ¿Qué queda hoy de esa gran fantasía? ¿Existe? ¿Existió alguna vez? ¿Tiene sentido todavía hablar de él? Todas esas preguntas las responde el escritor Rafael Gumucio, quien se define también como miembro de este grupo.

Tres de los candidatos a la presidencia de esta elección pertenecen a lo que los periodistas suelen llamar el "red set". Traducción chilena de la internacionalmente conocida izquierda caviar, o whizquierda, o gauche divine. Ninguno de los tres candidatos, Marco Enríquez-Ominami, Jorge Arrate, o Pamela Jiles, va en la lista de la Concertación. Mientras otro conspicuo ex miembro de la izquierda caviar, Jorge Schaulsohn, ha llegado más lejos aún y es parte, junto con el ex gurú del red set Fernando Flores, de la Coalición por el Cambio, del derechista Sebastian Piñera.
Por primera vez la experiencia común del exilio, la clandestinidad, la oposición a Pinochet, no parecen suficiente como para adherir al candidato de la Concertación. Un candidato que parece ser todo el reverso del red set: empresario casado una sola vez que apoyó el golpe militar.

¿Cuán profunda es esta escisión en el seno del red set? ¿Qué queda hoy de esa gran fantasía que se llama el red set? ¿Existe? ¿Existió alguna vez? ¿Tiene sentido todavía hablar de él? Carezco de las credenciales científicas para responder de manera terminante cualquiera de estas preguntas. Sólo puedo arriesgarme a sacar conclusiones personales, basado en mi experiencia como parte de esta entidad fantasma. Porque sí, lo confieso, soy del red set. Lo soy de nacimiento, lo seré hasta que muera. Es mi sino, un sino hecho de lealtades y exilio, de muertos, de dobles agentes y reuniones de comité central en Colonia o La Haya. Lo digo apurado porque hay siempre algo peyorativo en esa etiqueta. Un desprecio doble, el de los parientes de derecha que sienten que el pije revolucionario es un traidor a su clase, pero también el desprecio del izquierdista más auténtico, que sabe de antemano quiénes se salvarán siempre de las redadas y los ajustes de cuenta.

La izquierda burguesa - aunque no haya una izquierda que no lo sea, la revolución es después de todo una idea básicamente burguesa- es siempre doblemente culpable y doblemente culposa. Se la acusa de sectaria cuando se aísla en sus reductos buena onda, y de populista y manipuladora cuando se acerca demasiado a las poblaciones. Sus miserias y sus contradicciones son siempre públicas, porque no sería red set sin una buena dosis de frivolidad. Si juegan con las reglas del mercado, se los acusa de crueldad inaceptable; si no lo hacen, se ridiculiza a sus comunidades ecológicas llenas de polvo e hijos de muchos matrimonios. Son los hermanos tontos de las familias bien, los ingenuos, los artistas, hasta que ganan el partido y son inmediatamente acusados de corruptos, ladrones y traidores. Siempre traidores, acusados por los otros, pero acusándose también entre sí, esa terrible maldición que, hoy por hoy, suena tan pasada de moda.

La incomodidad está en el corazón mismo del red set. Es su esencia más profunda, y su herencia más despreciada hoy. Las casas de las comunidades Castillo Velasco no querían ser cómodas en el sentido clásico del término, sino ser auténticas. No querían imitar el estilo francés, o inglés, sino adaptarse al paisaje de la precordillera y ser completamente chilenas, terrestres, sencillas, pudorosamente cubiertas de árboles. Quedaban lejos del eje Providencia-Alameda-Apoquindo, porque querían justamente dar la espalda a esa línea directa, porque necesitaban ser de difícil acceso, hacer geográfica la incomodidad esencial de sus moradores.

El eje central Alameda-Providencia-Apoquindo, las comunas de siempre, se había vuelto por lo demás peligroso y adverso. Cuando estas casas se construyeron no se podía ir a cualquier doctor, hablar fuerte en cualquier restaurante, visitar cualquier pariente. Se debía ser cuidadoso, vivir entre sí, ganar el pan con dólares solidarios traídos de un mundo exterior. En otro país, pero en éste, las comunidades Castillo Velasco se abrazaban a la cordillera como si el valle abajo fuera a morderlos, como si necesitaran el refugio de un canal, y unas ventanas que solían mirar hacia el patio interior y nunca hacia la calle o el patio común. La privacidad, a diferencia de la Villa Portales, el otro proyecto emblemático de Fernando Castillo Velasco, era lo que había que salvar cuando la vida pública era tan peligrosa.

Mi padre vivió en una de esas casas, una que mis abuelos mandaron a construir desde el exilio. Un cerezo en el centro del patio de luz, una chimenea que, por orden municipal, tuvimos que dejar de usar, el ladrillo a la vista y la radiografía de un tío para cubrir una rajadura en el vidrio. La comunidad era la de Jesús, cerca de la Quinta Michita, donde el propio arquitecto Fernando Castillo vive aún. Al lado del cine Hoyts La Reina, habría que agregar ahora. Al lado de un multicine de muchas salas e interminables filas de automóviles y papas fritas y el metro. Al centro mismo de la ciudad de la que la comunidad originalmente huía. En una ubicación que es, ahora, cualquier cosa, menos incómoda.

Actualmente, en las casas de Castillo Velasco las parejas jóvenes suelen pasar un par de años, tener el segundo hijo e irse. No es seguro que los vecinos voten por Frei, o Arrate o Marco Enríquez-Ominami. Pocos, muy pocos trabajan en ONG, muchos saben perfectamente moverse en el mundo de los negocios. No todos son del red set en las comunidades Castillo Velasco, ni en Tunquén, como no todos son de derecha en Zapallar o en Farellones o en El Golf.

No deja esto de ser lógico. Las comunidades Castillo Velasco, o el mismo Tunquén, fueron construídas y pensadas en un periodo de excepción, cuando el país era varios países y la revolución era posible. La lealtad era con el futuro; el que traicionaba, traicionaba ese porvenir esplendoroso. La lealtad es ahora con el pasado, con los muertos, con los torturados de ayer. Aunque hasta ese pasado ha cambiado en estos veinte años. En una fiesta de ex miristas en una casa en la montaña, después de brindar y celebrar, todos se pusieron a bailar rock n'roll. Eso parecía ser lo que los unía, una música que solían despreciar por capitalista y alienante. El MIR no se distinguía ya demasiado de un club de motoqueros, o una junta de ex compañeros de colegio.

El red set baila, casa a sus hijos, a sus nietos, con miembros de las otras elites, vive y deja vivir. Siente una fascinación de niño castigado por los buenos vinos, los puros originales y el ron haitiano. Los que pedían perdón han aprendido que la mejor manera de hacerse perdonar es invitar al que los juzga desde fuera.

De los subsecretarios actuales, muchos vienen de familias que nada tienen de red set, aunque después de dos o tres años en el gobierno se mimetizan totalmente con sus mayores y escuchan a Sabina y bailan bossa nova y no Inti Illimani o Quilpayún, envueltos ambos grupos en una interminable guerra legal por saber quién se lleva el nombre y el repertorio tocado en gran parte por los hijos y nietos de los grupos originales.

La última discusión ideológica que dividió el red set, la que separó los autocomplacientes de los autoflagelantes, se resolvió al entrar todos ?no sólo los del MAPU, sino también los de la RDA, y los compañeros del interior? al gobierno. La Presidenta y gran parte de su equipo son miembros de ese segundo grupo del red set, ese que miró durante los noventa con desconfianza la llegada de los hermanos mayores al poder. Ese que a la hora de gobernar se unió con esos hermanos grandes, los ex barbones de la primera transición, para compartir con ellos el difícil arte de los límites. Así, el metro y el Hoyts cerca de la comunidad de Jesús es también, en parte, una victoria de todo el red set. Una victoria que puede parecer pequeña comparado a los objetivos iniciales de cambiar el mundo, pero que es mucho más de que lo que sus equivalentes de Argentina, Colombia, México, y Venezuela han dejado tras de sí.

La incomodidad ha dejado de ser razonable, este país ya no es para la gente que militó en la Unidad Popular y crió sus hijos en un país extranjero. Max Marambio, la cara más visible del nuevo red set, es cualquier cosa menos una persona incómoda. Es justamente el quiebre con esa culpa ancestral lo que representa este empresario amigo de Fidel, izquierdista de siempre, que no siente que deba pedir disculpas por andar en helicóptero y casarse con la presidenta de Comunidad Mujer y hermana de los dueños de LAN Chile. Un desparpajo que es también el del The Clinic, el de los diputados "díscolos", y el de las acciones de arte de Pamela Jiles. Una nueva visión sin miedo, sin llanto, que de alguna forma reivindica como algo profundo lo aparentemente superficial, y como algo superficial la supuesta solemnidad de la gente seria.

En contraste, los discursos de Eugenio Tironi, Enrique Correa o José Joaquín Brunner, o el mismo candidato Arrate, sindicados al comienzo de la transición como el epítome del transformismo, parecen aún estar teñidos de un poco de esa incomodidad esencial que fue durante décadas la marca de fábrica de la izquierda chilena. Una incomodidad que tiene aún un dejo pastoral.

Y esa es quizás la clave secreta de lo que el red set perdió. Algo que ya nadie puede representar y que yo, al menos, he empezado a echar de menos. Mi madre descubrió la pobreza y a los pobres en un retiro espiritual universitario. La mala y la buena literatura latinoamericana ?desde Isabel Allende a Mario Vargas Llosa, pasando por Marcela Serrano? está llena de estas historias. Los niños en el barro, el frío de la población que de pronto le hace sentir a la niña de las monjas que su comodidad es un crimen. La sensación cierta de que el otro existe e importa. Una sensación que lleva a tantos errores, tantas frivolidades, tantos desencuentros, pero que al menos no es la indiferencia, la crueldad, la amnesia. Ante esta comodidad casi feliz pero tan estéril, tan sola, tan sorda del nuevo red set, me da por recordar a Confucio que enseñó que la dificultad enseña el camino. Me da por echar de menos esa fe de niña de mi madre y mis amigas que quizás no cambió el mundo, pero sí las cambió a ellas lo suficiente como para darles a sus vidas, por momentos, sentido.

Por Rafael Gumucio - El Mostrador.
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